Han llamado neo-folk a una escena que se abre
paso a borbotones, cada vez más exuberante e irrefrenable, como las raíces de
un árbol con la misión de cobijar en su sombra a una galaxia entera. En ese fascinante circuito que en realidad no tiene
nombre, como todas las cosas que son genuinas y espontáneas, brilla como un
cometa ardiente Verde Prato. Nacida en 1994 en Tolosa, ya impactó con su
debut ‘Kondaira Eder Hura’ (2021), rompió esquemas reinterpretando himnos del
rock radikal vasco -genial e inaudita su mirada al ‘Zu Atrapatu Arte’ de
Kortatu- y ahora regresa con una obra tan hermosa que casi duele.
Resuenan en ‘Adoretua’ ecos a Mikel Laboa en
canciones como ‘Ez Zinen’, a esa poesía del folcklore vasco de una belleza
irreal impregnada en las raíces talladas en lo más profundo del alma, pero también con conexiones invisibles a esa escena del
folk etéreo anglosajón comandada hace unos años por Joanna Newsom, aunque
también podríamos decir que es una Maria Arnal en clave lo-fi o su reverso
bedroom pop, y hasta compararla con el fuego inspirador que transmitió en sus
momentos más inspiradores Reserva Espiritual de Occidente.
Podríamos citar muchas otras propuestas que
se acercan en algún detalle a lo que está haciendo Verde Prato pero jamás
lograríamos describir su música, un torrente con un sonido único que se
desborda por los oídos hasta ir alterando todos los centros del organismo que
estimulan los sueños y la creatividad. Con su voz como pilar para derribar
fronteras mentales, recogiendo la herencia de los cantos populares de su tierra
y con sutiles ingredientes de electrónica minimalista, Ana Arsuaga dibuja con
sonidos parajes que todos deberíamos visitar más a menudo.
José Fajardo.