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Napolitanos que se pretendían
americanos, estadounidenses que se hacían pasar por napolitanos: Italia era una
fiesta de máscaras en los años cincuenta. La guerra que terminó en 1945 dejó
destrozado el país pero no pudo con la alegría de vivir de los italianos.



La liberación
llegó también a la música: el jazz, mal visto por el régimen fascista, había
regresado con las tropas aliadas. Un jazz que se identificaba con la democracia
y que sirvió de base para que pícaros como Fred Buscaglione o Renato Carosone
ironizaran sobre el American Dream.



Los americanos
habían descubierto la forma de vida mediterránea y se aficionaron. Volvieron
para rodar películas; se decía que Roma era “Hollywood on the Tiber”. Otros
recalaron allí para aprovecharse de la tolerancia sexual (Gore Vidal) o huyendo
de la represión policial, caso del jazzman Chet Baker, que también terminaría
conociendo las cárceles italianas.



Italia vivía una
expansión económica y ansiaba divertirse. Quería música bailable y eso incluía
los ritmos tropicales (muchos cantantes grababan con la excelente orquesta del
argentino Luis Enríquez Bacalov). Pero Italia requería además baladas,
canciones de amor. No problemo, esa era una especialidad local.



En los años que
denominamos de la “dolce vita” –finales de los cincuenta, principios de los
sesenta- se compusieron melodías inmortales, a veces con una nueva e inédita
franqueza (Gino Paoli se inspiró en el encuentro con una prostituta para “Il
cielo in una stanza”).



También fueron
años grandes para el cine, la literatura, incluso el pensamiento. Hablamos de
Fellini, Umberto Eco, Moravia, Passolini. Aquí simplemente traemos el hermoso
ruido de fondo, la

coartada
sentimental, la mancha del café sobre la mesa de una terraza soleada.