El potente cancionero del sello de Detroit
inspiró a grandes músicos de jazz.
Una
de las peculiaridades de la Motown Record Corporation fue su desinterés por el
jazz. Cierto que su legendaria banda de estudio, los Funk Brothers, eran
músicos de jazz pero cuando grababan, generalmente bajo el nombre del teclista Earl Van Dyke,
hacían instrumentales bailables. En ese sentido, Motown se escapaba del molde
del resto de las compañías independientes dedicadas al rhythm & blues y el
soul: Atlantic, Vee-Jay, Chess, incluso Stax, todas editaban discos de jazzmen.
Algo
extraño, ya que Detroit, la ciudad matriz de Motown, acogía una vibrante escena
jazzística, con figuras del calibre de Yusef Lateef, Betty Carter, Kenny
Burrell, Elvin Jones, Donald Byrd, Ron Carter, Alice Coltrane, Milt Jackson.
Trabajaban para otras discográficas pero ratificaban que en Detroit había
cantera.
Sin
embargo, Berry Gordy Jr. (el capo de Motown), no tenía voluntad de documentar
la cultura de Detroit: lo suyo era
establecer un imperio pop, vendiendo lo que llamaba “el sonido de la joven
América”. Además, Gordy comprobó que los grandes jazzmen ya recurrían al
repertorio de sus artistas. Se trataba de canciones carnosas, en las que un solista
podía moverse a gusto.
Y
a ese tesoro hemos acudido: éxitos de los Temptations, Marvin Gaye o Stevie
Wonder jazzíficados en crudo o en versiones orquestadas. Déjense acariciar por
esos discos de los sesenta y los setenta, que –disculpen, un capricho personal-
nos colocan en el Detroit peligroso de las primeras novelas de Elmore Leonard.