¡Esta
sí que es una historia secreta! Por varias y vergonzosas razones, se sabe poco
sobre la era psicodélica del funk. Destaquemos el desinterés de buena parte de
la crítica de rock, incapaz de reconocer voluntad artística en aquellos músicos
del ghetto que de repente se vestían en las boutiques más extravagantes. Al
otro extremo, la militancia negra pensaba que se trataba de una conspiración
contra la Revolución; el pantera negra Eldridge
Cleaver puso bajo “arresto domiciliario” al apóstol del LSD, Timothy Leary,
cuando coincidieron en el exilio en Argelia.
La
realidad: la onda expansiva de la psicodelia y el hipismo impactó en una black music que disfrutaba de un subidón
de público y una creciente autoestima. Suponía un permiso para delirar y
experimentar. Incluso en estructuras tan jerarquizadas como Motown Records: se
suele olvidar que, antes de que Marvin Gaye y Stevie Wonder se emanciparan, el
productor Norman Whitfield ya hacía discos para los Temptations con
orquestaciones alucinadas y letras “sociales”. Todos aprovecharon para ganar
libertad. En I’ll bet you se puede
disfrutar de una pareja bien chocante: el jovencito Michael Jackson cantando
una composición de George Clinton, el mayor freak
del Detroit negro.
Y
muchos más. Trompetistas de jazz como Miles Davis o Dizzy Gillespie se
electrificaron. The Bar-Kays, recompuestos por los supervivientes del accidente
que acabó con la vida de Otis Redding, facturaron un LP titulado Black rock. Los Isley Brothers guardaron
entre naftalina sus uniformes de fantasía y se vistieron de calle para la
portada de Givin’ it back, la primera
de sus deslumbrantes aproximaciones al cancionero del rock.
En
general, la psicodelia negra se reconoce por el protagonismo de los
guitarristas, armados con pedales de fuzz y gua-gua. Pocos se atrevían por
entonces a reflejar la apabullante fuerza de Hendrix pero las guitarras se
muestran mandonas hasta en los discos del James Brown imperial. Una vez que se
despendolaron las seis cuerdas, le tocó el turno al bajo eléctrico, que muestra
sus poderes en los temas de Curtis o Sly.
La
psicodelia funky terminaría asfixiada por la avalancha de la disco music pero antes surgieron tipos
genialoides, más interesados por la expresión personal que por el éxito
comercial. Pensemos en Shuggie Otis, capaz de grabar canciones fantasiosas
donde tocaba y cantaba todo. Un estudiante de Minneapolis, un tal Prince Rogers
Nelson, tomó buena nota.