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El
título no es ninguna broma: se refiere al dato científico de que aproximadamente
el 90 por ciento de la masa de un iceberg está bajo el agua. Algo así ocurre
con la obra de Lou Reed: el gran público conoce una o dos canciones suyas;
incluso, el personal del rock se suele quedar en la truculenta imagen pública
del Lou de mediados de los setenta, cuando se supone que desafiaba la ortodoxia
heterosexual y se inyectaba droga dura.

Quedan
sumergidas docenas de espléndidas canciones, algunos ambiciosos discos
conceptuales, esas bandas que formó con instrumentistas de primera, la
habilidad por insertar técnicas literarias en el rock, su capacidad para
provocar al respetable.

Puede
que Lou Reed no supiera venderse bien, lo acepto. Pero está siendo bien servido
por las reediciones, que –por ejemplo- han rescatado hasta el último segundo
grabado por su Velvet Underground. Él mismo, en su tramo final de vida,
supervisó la remasterización de todos los discos de estudio (y algunos de
directo) que grabó entre 1972 y 1986.

Los
temas del presente programa han sido extraídos de la reciente caja The RCA
& Arista album collection
, puesta a punto por el amigo  (y
compañero de aventuras radiofónicas) Hal Willner. Se seleccionan una decena de
temas que retratan su dedicación al sonido, sus audacias en el estudio de
grabación, la potencia de sus letras. Escuchando estas piezas se deberían
modificar algunos de los tópicos que circulan sobre Lou Reed.

Incluso el tema final, esa versión
live de Walk on the  wild side, revela otra faceta olvidada de
Lou: el monologuista hiriente. Está sacada de Take no prisoner, cuya portada plagiaba –por orden del propio
cantante- una ilustración de Nazario, capricho que desencadenaría un juicio
ganado por el dibujante español.

Este “Paso por el lado salvaje”
dura 17 minutos: tiene tiempo para saludar a Bruce Springsteen (presente en el
concierto) y, sobre todo, para arremeter contra la prensa neoyorquina,
personificada en John Rockwell Robert
Christgau
, a los que caricaturiza con ferocidad. Un desahogo típico de aquel
Lou Reed: destrozar su canción emblemática mientras ataca a los periodistas
que, de forma continuada, le trataron como un artista, digo de ser seguido y
–ocasionalmente- criticado.