Podríamos
invocar la ley de las consecuencias imprevistas. Desde mediados de los 50, el
Departamento de Estado, en Washington, organizaba giras internacionales de
jazzmen estadounidenses, para que predicaran el evangelio de la democracia y la
libertad de expresión. Lo hacían pero, además, en el caso de las visitas a
Brasil, los músicos volvieron contagiados de un virus local.
El
virus resultó benigno: se llamaba bossa nova y suponía una estilización del
samba afrobrasileño. Sus creadores eran jóvenes de clase media de Río de
Janeiro, previamente sensibilizados por el cool
jazz. Los gringos regresaron maravillados, con melodías firmadas por un tal
Antonio Carlos Jobim y algunas nociones de la “nueva tendencia”.
Se
suele atribuir al The girl from Ipanema de 1964 el comienzo del boom
internacional. En realidad, la bossa nova ya había llegado al nº 1 de Billboard dos años antes, gracias al
éxito del Desafinado que grabó Stan Getz con otro turista deslumbrado, el
guitarrista Charlie Byrd. Tal vez había un problema de nomenclatura: en 1962, lo llamaban jazz samba. Y matices en la
autenticidad: se trabajaba con percusionistas no brasileños para recrear el
pulso rítmico carioca.
Pero
los jazzmen no son puristas. Tocaban a su modo los aires brasileños; tipos como
Quincy Jones, con Soul bossa nova, y
Nat Adderley, compositor de Jive samba, se subieron al carro. ¿Y quién les
puede reprochar nada? El simple enunciado de esas palabras traía gratas
evocaciones de playas blancas, sensualidad ilimitada y lo que entonces parecía
un país en imparable ascenso, con astros tan fascinantes como Pele y Niemeyer.
Aquí
reflejamos algo del monumental impacto de la bossa nova en el jazz estadounidense. Del que, todo hay que
decirlo, se beneficiaron muchos artistas brasileños, que se buscaron la vida
por California, como Sergio Mendes. Con esos intercambios, la bossa nova
aprendió a falar en jazz, el jazz
adquirió modales de garota. Y todos felices:
estos esbeltos discos todavía brillan con luz propia.