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Dicen que el latín es una lengua muerta…
Pero ¿cómo puede estar muerta una lengua que aún respira en nuestras bocas?

Cuando decimos “per se”, cuando vamos “a priori”, estamos acariciando el esqueleto vivo de una lengua que jamás nos dejó del todo.
El latín no está muerto. Está dormido, susurrando en los rincones.

Esta temporada no es una clase de gramática.
No voy a enseñar a conjugar verbos ni a declinar sustantivos —aunque quizás, si nos enamoramos, acabemos haciéndolo nosotros por nuestra cuenta.
Esta temporada es un viaje.
Por frases que ya conocemos y quizás no sabemos que eran latinas.
Por palabras que duelen o sanan.
Por insultos elegantes y secretos del alma.
Por raíces, por poder, por religión, por historia.
Por el cuerpo, el cosmos y el lenguaje.

Vamos a recordar por qué se dice que el que domina el lenguaje, domina el pensamiento.
Y por qué algunos secretos solo se revelan en voz baja… o en latín.

¿Sabían que la palabra “secretaria” viene de secretum?
Porque originalmente era quien custodiaba los secretos de Estado.
Y que Roma, al revés, se lee Amor.
Como si el imperio no fuera solo conquista, sino una ciudad que palpitaba.

Vamos a hablar de Lucifer, el portador de luz.
De palabras que lloran como miserere, y de saludos que aún podrían abrir puertas si los dijéramos con la dignidad de antes: salve.

Porque el latín está en los salmos, en las leyes, en los rituales…
En los himnos y en los exorcismos.
En los epitafios y en los motes más crueles.
El latín no está muerto. Está aquí.
Y esta temporada es un conjuro para despertarlo.

Bienvenidos a "El latín no está muerto",
una temporada para descubrir que el lenguaje no solo nombra el mundo… también lo crea.