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La primera vez que fui a Disney fue en California. Recuerdo con claridad el Tiki Tiki Room, los Piratas del Caribe… y esos collares de madera con Donald y Daisy que mi mamá me compró. Desde entonces, aunque nunca regresé a Disneylandia, Orlando se volvió mi refugio mágico.

Caminar por sus parques es algo que nunca me cansa. He recorrido hoteles enteros solo para admirar la arquitectura, y hasta el olor del agua en atracciones como Frozen —antes Maelstrom— se ha vuelto parte de mi memoria. Italia, Francia, México, los pabellones de Epcot… cada rincón guarda un detalle que hace que la magia continúe.

Me compro orejitas, me disfrazo de personajes, y hasta me dejo llevar por juegos infantiles como Winnie the Pooh. De noche, Disney Springs se enciende y siento que el viaje no termina. Y cuando me hospedo dentro del resort, la magia no solo se queda en los parques: me acompaña hasta el hotel.

Sí, sé que hay críticas, que existen sombras y que ya les he contado lo negativo. Pero, a pesar de todo, para mí Disney sigue siendo un lugar donde he vivido algunos de mis mejores momentos. Un sitio que, más allá de lo que digan, siempre me devuelve un poco de esa ilusión que parecía perdida.

Por eso… a pesar de todo: Disney Forever.