En el año 1609 se produce un hecho decisivo en la historia de Elche: la expulsión de los moriscos. Muchos de los desterrados eran campesinos que cultivaban olivos y trabajaban en almazaras. Con su partida, dejaron atrás no solo sus hogares, sino también sus tierras, sus molinos, su saber y su legado.
Dos años más tarde, en 1611, el Duque de Maqueda, Jorge de Cárdenas Manrique —Señor de Elche— comenzó a redistribuir las propiedades abandonadas a través del sistema de enfiteusis. Entre ellas se encontraba una almazara con vivienda, situada en el Raval, junto al cauce del río Vinalopó. Este pequeño complejo fue adquirido por Josep García, uno de los mayores terratenientes de la comarca, propietario de más de doscientas tahúllas de olivares.
Durante los primeros años, la almazara permaneció en silencio. Pero pronto, Josep reactivó la molturación de las aceitunas: primero con el fruto de sus propios árboles, después con el de otros vecinos. La almazara renacía, y con ella, un ritual ancestral.
Aquel molino funcionó durante generaciones, de padres a hijos, de abuelos a nietos, manteniendo intacto el método que los árabes habían perfeccionado siglos atrás: la prensa de dos vigas de madera. Se trataba de un sistema monumental y eficaz. Dos grandes maderos paralelos, unidos a un husillo de madera, hacían descender lentamente un pesado quintal de piedra sobre los capachos llenos de masa de aceituna. El aceite extraído se escurría hacia pilas de piedra excavadas en el suelo, donde reposaba hasta que, por decantación, se separaba del alpechín.
Durante más de trescientos años, esta técnica se mantuvo sin apenas cambios. La misma madera, la misma piedra, la misma fuerza lenta, paciente, silenciosa. Fue así hasta los años cuarenta del siglo XX, cuando la almazara dejó de funcionar. Pero su memoria no se apagó.
El último propietario, consciente del valor histórico y cultural de aquel conjunto, decidió donar al Ayuntamiento de Elche todos los componentes originales del molino. Años más tarde, esas piezas fueron reubicadas junto al cauce del Vinalopó, a escasos metros del Museo de Arqueología e Historia de Elche, donde se conserva también una almazara del siglo XVIII.
Hoy, lo que llamamos La Almazara Morisca no es simplemente un vestigio de tiempos pasados. Es un testimonio vivo de la cultura agrícola ilicitana, un símbolo de continuidad entre la sabiduría andalusí y el saber campesino del sureste español. Su presencia junto al río es un homenaje al tiempo, al aceite, al esfuerzo y a la tierra.