El algoritmo no tiene rostro ni nombre. No es un político ni un censor con uniforme, pero cada día decide qué vemos, qué escuchamos y, sobre todo, qué palabras podemos decir.
En este episodio de Palabras tomadas me detengo en la figura del algoritmo como un juez invisible: un poder que no prohíbe directamente, pero que puede invisibilizar, silenciar o relegar al olvido digital cualquier discurso que no se ajuste a sus reglas.
Hablamos de cómo las personas empiezan a autocensurarse, a reemplazar letras por asteriscos o inventar eufemismos para evitar el castigo algorítmico. Y lo analizamos a la luz de distintos pensadores:
- Foucault, con la idea del panóptico y la vigilancia interiorizada.
- Orwell, que en 1984 imaginó la neolengua como forma de control del pensamiento: un idioma reducido, empobrecido, diseñado para que ciertas ideas fueran imposibles de imaginar. El algoritmo, hoy, produce un efecto semejante: una neolengua digital nacida no de un ministerio de la verdad, sino de un cálculo automático.
- Deleuze, al describir las sociedades de control, donde ya no se encierra sino que se filtra e invisibiliza.
- Byung-Chul Han, con su psicopolítica de la transparencia y la exposición voluntaria.
- Y también ecos de Žižek y Baudrillard, que nos permiten pensar al algoritmo como un nuevo Gran Otro, un simulacro que borra el referente y nos deja solo con significantes sospechosos.
El algoritmo es también un fantasma: no hace falta que esté presente para que condicione nuestro lenguaje. Basta con la posibilidad de su mirada para que hablemos distinto, para que el miedo a ser castigados se convierta en nuestra propia lengua.
Orwell lo decía con claridad: reducir el lenguaje es reducir el pensamiento. El algoritmo, como fantasma, opera de la misma manera: no elimina las palabras, pero las vuelve peligrosas. Y al hacerlo, va recortando lo que podemos decir y también lo que podemos pensar.
Este episodio es una invitación a reflexionar sobre el modo en que las plataformas digitales configuran nuestro modo de hablar y de callar.
Porque en definitiva, la pregunta sigue abierta:
👉 ¿Inventamos nuevas palabras para escapar al algoritmo, o recuperamos las que nos fueron arrebatadas?