“El que habita al abrigo del Altísimo morará bajo la sombra del Omnipotente. Diré yo a Jehová: Esperanza mía, y castillo mío; mi Dios, en quien confiaré.” (Salmo 91:1–2)
Con este salmo se cierra el ciclo de la semana, una semana en la que hemos reconocido que la vida también tiene días nublados, que la fe no siempre nos libra de las tormentas, pero siempre nos ofrece un refugio donde hallar descanso.
Habitar al abrigo del Altísimo no es solo buscarlo cuando todo se derrumba; es vivir bajo Su sombra cada día, aprendiendo a confiar en Su protección constante. En Él encontramos ese lugar donde la mente se aquieta, donde el alma cansada vuelve a respirar y donde el corazón halla reposo.
El salmista no habla de un refugio ocasional, sino de una morada. Un espacio seguro en la presencia de Dios donde el miedo pierde fuerza y la esperanza se renueva como la luz de un nuevo amanecer.
Dios no promete una vida sin heridas, pero sí promete una presencia que sana, protege y acompaña. Cuando decidimos habitar en Él, ya no caminamos solos: Él se convierte en nuestro abrigo, en nuestro castillo y en la certeza que sostiene la fe.
Después de una semana de quebrantos, de lágrimas y renacer, esta es la verdad que permanece: Dios es, y siempre será, nuestro refugio eterno. En Su sombra hay consuelo, en Su palabra hay vida, y en Su amor hay esperanza que nunca se agota.