Desde hace algún tiempo se siente que la historia es en sí misma la pandemia. En nuestro país y en otros lugares, ha estado a toda marcha, repleto de males, lleno de colapsos, lleno de miedo y rabia, una contienda hiriente entre el sentido de un final y el sentido de un comienzo, entre la inercia y el impulso, con todas las terribilidades de edades de transición. Lo que va todavía no se ha ido y lo que viene todavía no ha llegado. Nos hemos convertido en conocedores de las convulsiones.