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Soy Jorge Oscar Ogando, nací en 1947 en la ciudad de la  Plata, a media cuadra de la escuela 11 donde hice el primario. Desde  niño siempre fui una persona alegre y me encantaba hacerle los mandados a  mi mamá. Ella era maestra, muy conocida y querida, también preparaba  alumnos particulares. Así fue como conocí a Stella Maris Montesano  aunque después se mudó y no la volví a ver hasta que tuve 17. Ella era  amiga de la hermana de un amigo mío. Un año después del reencuentro nos  pusimos de novios y nos casamos. Por intermedio de mi suegro entré a  trabajar en el Banco Provincia donde hice muchos amigos y crecí  laboralmente.

Durante algún tiempo compartimos departamento con un  matrimonio de amigos (Edgardo Miguel Ángel Andreu y Norma Robert).  Cuando “Vigo” (así le decíamos a Edgardo) terminó el servicio militar,  salió a buscar departamento para mudarse con Norma pero no volvió más.  Ante el temor que eso me generó, fui a hacer la denuncia de la  desaparición a la Oficina de Inteligencia del Ejército en la Provincia  de Buenos Aires que queda en la calle 54 de La Plata. Conté todo lo que  sabía. A la tarde fue Stella a corroborar lo que había dicho yo.

El  16 de octubre del 76, a la madrugada entraron en mi casa un grupo de  militares, era un operativo. Nos encapucharon y nos llevaron. Nos  secuestraron. Mi hija de 3 años quedó sola en la casa.

Nos  destinaron al Pozo de Banfield. Allí me separaron de Stella, ella estaba  embarazada de 8 meses. No tenía contacto con ella, no me importaba lo  que me pasara a mí, sólo podía pensar en Stella y el bebé. Supe que  nació mi hijo Martín porque los compañeros detenidos me hicieron llegar  un pedacito del cordón umbilical, eso fue como tenerlo en brazos y  escucharlo llorar, fue un alivio en medio de toda esa pesadilla. Al  tiempo nos trasladaron a otro centro de detención, La Armonía, era el  casco de una Estancia de terrenos militares. Allí torturaban personas,  mataban y enterraban los cuerpos en fosas comunes.

Mi mamá, Delia  Giovanola, no entendía nada. Nos buscó incansablemente. Primero a  nosotros y luego a Martín, temiendo lo peor. Ella y otras madres se  organizaron para la búsqueda de sus nietos, se hicieron conocidas como  las “Abuelas de Plaza de Mayo” y su búsqueda trascendió a nivel  internacional. Un día llega a la CONADEP un mensaje anónimo de un  militar arrepentido… así fue que mi mamá pudo saber que habíamos muerto y  que estábamos enterrados en la Estancia La Armonía.

Memoria, verdad y Justicia.

30MilSomosTodxs