La oración no es una herramienta para forzar la voluntad de Dios, sino una expresión de rendición a su gobierno y autoridad.
En un mundo donde se exalta la autosuficiencia y el derecho a reclamar lo que uno cree merecer, la oración cristiana se presenta como un acto contracultural: un diálogo humilde con el Dios soberano. Cuando el creyente ora, no lo hace para imponer su voluntad, sino para conformarse a la voluntad de su Señor. Jesús mismo nos enseñó a orar diciendo: “Sea hecha tu voluntad, así en la tierra como en el cielo” (Mateo 6:10). Esta sencilla petición encierra una teología profunda: la oración cristiana verdadera está marcada por la humildad, la confianza y la sumisión.
Quien ora con fe no exige, sino que se entrega. El cristiano ora como lo hizo el Señor en Getsemaní: “Padre, si es posible, pase de mí esta copa; pero no sea como yo quiero, sino como tú” (Mateo 26:39). Nuestro Salvador, perfecto en obediencia, mostró que la oración no consiste en arrancar un “sí” de los labios del Padre, sino en rendirse con paz al “no” que a veces Él, en su sabiduría, pronuncia.
DIOS NO SIEMPRE RESPONDE “SÍ”, PERO SIEMPRE RESPONDE CON GRACIA
Una de las pruebas más difíciles para la fe no es cuando Dios tarda en responder, sino cuando responde con un “no” claro y rotundo. ¿Cómo reaccionamos ante la negativa de Aquel a quien clamamos? Muchos tropiezan porque creen que la oración debe darles lo que desean. Pero Dios, en su amor, muchas veces nos niega lo que pedimos para darnos algo mejor: su presencia, su consuelo y su formación.
El apóstol Pablo supo lo que era clamar intensamente por algo bueno y recibir un “no” divino. Tres veces rogó para que se le quitara su aguijón, y la respuesta fue: “Bástate mi gracia” (2 Corintios 12:9). Dios no lo despreció. No ignoró su súplica. Simplemente le respondió con un “no” que estaba impregnado de gracia suficiente y poder transformador. El “no” de Dios no es ausencia de amor, sino manifestación de su sabiduría y propósito eterno.