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La “ley seca” impuesta en muchos lugares a causa de las medidas de la contingencia contra el COVID19 está poniendo en jaque a la gente habituada a beber alcohol. Largas filas se formaron tan pronto se emitió la orden de restricción, en el afán de abastecerse del tan preciado (y cada vez más costoso) líquido. ¿Qué revela de nuestra sociedad? ¿Qué refleja de los valores y prioridades del hombre? ¿Es el beber un simple deleite del paladar? ¿Por qué la Biblia nos dice que no nos llenemos de vino y cómo debemos entender esta instrucción?

Para embriagarse, son necesarias al menos dos cosas: APETITO y ABUNDANCIA – un gran apetito de alcohol y abundancia del mismo. De igual manera, la plenitud de la vida cristiana, la llenura del ESPÍRITU SANTO, requiere de APETITO y ABUNDANCIA – la clase de apetito que no se sacia con alcohol, ni ningún otro deleite temporal. Y abundancia; una fuente inagotable y opulenta que nos surta a cada instante de este bienestar.  Ambas cosas, APETITO y ABUNDANCIA, provienen del ESPÍRITU SANTO, por el cual podemos decir adiós a las caguamas (y a cualquier sustituto del verdadero gozo).

No os EMBRIAGUÉIS con vino, en lo cual hay disolución; antes bien sed LLENOS del Espíritu (Efe.5:18).