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Entrar a la gloria no es cosa fácil, requirió un glorioso intercambio - cada impío pecador se ganó un lugar en el infierno, el lago de fuego ya estaba reservado y ese lugar no podía quedar vacío; alguien debía ir ahí y sufrir el tormento de la ira y maldición - y entonces el Hijo de Dios dijo "Yo iré", "yo iré en su lugar".

Hablar de la salvación es hablar de algo que no merecemos - el cielo no es un derecho humano; el alma pecadora no merece la gloria ni el paraíso. Si algo merecemos a causa del pecado es el aborrecimiento de Dios; crujir los dientes eternamente infernal en el tormento eterno - esas son las reglas; no se puede hacer pasar por inocente al culpable, no se puede barrer la basura bajo el tapete, Dios no se puede hacer de la vista gorda y simplemente pasar por alto nuestras iniquidades - el alma que pecare, esa debe morir.

Pero Dios que es benefactor y solidario, quiso derrochar tanta bondad y caridad, tan grande clemencia y compasión a fin de que conociéramos el calibre de su amor. Merecíamos ser esclavos y nos dio libertad. Fuego y azufre debían caer sobre nosotros a causa de tanta corrupción ¿Y en cambio qué tenemos? Gracia divina para el vil pecador. Debían abrirse las fauces del infierno para devorarnos por ser inicuos y rebeldes ¿Y qué terminó haciendo? Brazos extendidos en una sangrienta cruz; un acto de sustitución y sacrificio: la muerte tan temida, anulada en su victoria - la copa amarga del aborrecimiento divino, consumida hasta la última gota. El acta de decretos, anulada en la cruz - el gusano que nunca muere y el crujir de dientes han sido intercambiados por las puertas del paraíso, el agua de vida, el maná celestial y un lugar en la mesa del Rey - el Soberano Dios inventó los conceptos gracia, perdón, misericordia y compasión, sabiendo que tendrían que escribirse con la sangre de su Hijo, un hijo maldito a cambio de un rebaño bendito - ¡Sublime gracia!