Cuando el Señor plantó a Israel en la tierra prometida, no solo le dio límites geográficos, sino fronteras espirituales y culturales. Les dijo con claridad: “No haréis alianza con ellos ni con sus dioses” (Éx. 23:31-33). La advertencia era clara: el peligro no estaba solo en los ejércitos de los pueblos vecinos, sino en sus dioses falsos, sus costumbres corruptas y su cultura idólatra. El pueblo de Dios debía ser diferente, un pueblo santo, consagrado, separado para Él.
Detrás de este mandato estaba el celo santo de Dios. Un celo que no tolera rivales, pues la idolatría es adulterio espiritual: quebrantar el pacto y escoger la infidelidad en lugar de la consagración al Señor (Éx. 34:12-16). Este celo no es capricho, sino amor protector: Dios sabía que si su pueblo se mezclaba con las prácticas de las naciones, terminaría esclavizado por ellas, intercambiando la gloria del Dios vivo por baratijas paganas.
Y lo que Dios exigió a Israel sigue siendo su demanda para nosotros hoy. Los cristianos no somos llamados a mimetizarnos con el mundo, ni a copiar sus hábitos de frivolidad, mundanalidad y carnalidad. Somos llamados a una vida contracultural, a caminar a contracorriente, a ser “pueblo santo, adquirido por Dios” (1 P. 2:9).
El autor de Hebreos nos recuerda que esta santidad a contracorriente se enmarca en el Nuevo Pacto, y nos presenta tres dimensiones de la obra de Dios en su pueblo: rescatar, educar y separar.
Los mandatos del Señor no son una carga que lamentar, sino una luz que guía y protege. Son como las barandas en un puente estrecho: no limitan, sino preservan la vida. Y si bien el camino de la santidad es estrecho y cuesta arriba, es el único que conduce a la vida.
No hay lugar para neutralidades ni medias tintas: “El que es amigo del mundo, se constituye enemigo de Dios” (Stg. 4:4). Ser amigo de Dios es declararse adversario del pecado, del engaño y de la corriente de este mundo.
Así que, hermano en Cristo, recuerda: la santidad no es un lujo opcional, sino la identidad misma del pueblo de Dios. Ser santo es caminar contra la corriente, pero no lo hacemos solos: caminamos con Cristo, el Capitán de nuestra salvación, quien ya venció al mundo.