Orar no es llamar a una pizzería.
Vivimos en una época profundamente marcada por el consumo instantáneo. Desde el sofá de casa podemos pedir una pizza, una serie de televisión o un taxi con solo tocar una pantalla. Esta cultura de inmediatez, comodidad y satisfacción personal ha contaminado incluso nuestra vida de oración. Muchos cristianos, sin darse cuenta, abordan la oración como si se tratara de un "servicio al cliente celestial", un lugar al que acudimos solo para presentar pedidos, quejas o sugerencias. Sin embargo, orar no es llamar a una pizzería. No es levantar el teléfono espiritual para recibir una entrega de bendiciones a la puerta de nuestra vida. Es, más bien, un medio de gracia, un canal por el cual Dios obra en nosotros para prepararnos para la gloria.
Orar es parte de nuestro proceso de santificación - Si la oración es un medio de gracia —como lo ha enseñado históricamente la Iglesia Reformada—, entonces no puede reducirse a un acto utilitario. La oración no existe para hacer nuestra vida más cómoda, sino para hacernos más semejantes a Cristo. En palabras del obispo J.C. Ryle: "La mayoría de los hombres al morir piensan ir al cielo; pero pocos se paran a considerar si en verdad gozarían yendo al cielo. El cielo es, esencialmente, un lugar santo; sus habitantes son santos y sus ocupaciones son santas. Es claro y evidente que para ser felices en el cielo debemos pasar por un proceso educativo aquí en la tierra que nos prepare y capacite para entrar."
La oración es parte de ese proceso educativo. Es una escuela de santidad, donde aprendemos a despojarnos del hombre viejo y a vestirnos del nuevo, creado según Dios en justicia y santidad de la verdad (Efesios 4:24). En cada momento de oración sincera, el Espíritu Santo alinea nuestros afectos con los del cielo. Poco a poco, orar nos enseña a amar lo que Dios ama y a desear lo que Dios promete.
Orar es buscar las cosas de arriba; el apóstol Pablo escribió a los colosenses: “Buscad las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios. Poned la mira en las cosas de arriba, no en las de la tierra” (Colosenses 3:1-2). Este mandato da forma a la verdadera oración cristiana. No oramos simplemente para obtener respuestas, sino para que nuestros afectos sean elevados. No buscamos sólo que se abran puertas en la tierra, sino que nuestros ojos se eleven al trono de la gracia, donde Cristo intercede por nosotros (Hebreos 4:16; 7:25).
Debemos corregir el error del consumismo espiritual; cuando nuestras oraciones se reducen a listas de supermercado o cartas a Santa Claus, algo anda mal en nuestro entendimiento de Dios. En vez de confiar en su providencia, reclamamos lo que creemos merecer. En lugar de deleitarnos en Él, lo tratamos como un medio para alcanzar otros fines. Tal postura es una negación práctica del primer mandamiento: “No tendrás dioses ajenos delante de mí” (Éxodo 20:3), pues hemos hecho de nuestros deseos un ídolo y del Dios soberano un mayordomo celestial.