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LA GRACIA ES PARIENTA DE LA OBEDIENCIA

En nuestros días, una de las mentiras más peligrosas y seductoras que el cristiano enfrenta es la idea de que vivir bajo la gracia significa que la ley de Dios ha dejado de importar. Algunos, bajo un malentendido libertario del evangelio, hablan como si la gracia fuera una carta blanca para vivir sin reglas, sin mandatos, sin “molestias” de obediencia. “Cristo me salvó”, dicen, “y eso es suficiente; ya no necesito preocuparme por mandamientos”. Pero la Escritura, y especialmente la carta a los Hebreos, nos muestra que esta es una caricatura de la gracia, una falsificación barata.

El evangelio nos recuerda que la gracia no es enemiga de la santidad, sino su pariente más cercana. Pablo lo declara con fuerza: “La gracia de Dios se ha manifestado… enseñándonos que, renunciando a la impiedad y a los deseos mundanos, vivamos en este siglo sobria, justa y piadosamente” (Tito 2:11-12). Es decir, la gracia no nos deja en la pereza moral; nos educa, nos disciplina, nos capacita para vivir como hijos obedientes.

Hebreos retoma la promesa del nuevo pacto, anunciada por Jeremías: “Pondré mis leyes en la mente de ellos, y sobre su corazón las escribiré” (Hebreos 8:10). Aquí está el corazón del asunto: la gracia del nuevo pacto no borra la ley, sino que la traslada del mármol frío de unas tablas externas al corazón ardiente de un hombre nuevo. Ya no obedecemos para ser salvos, sino porque hemos sido salvados; no nos sometemos a la ley para ganar el favor de Dios, sino porque ya lo tenemos en Cristo.

Así, la evidencia de una vida regenerada no es un discurso sentimental sobre la gracia, sino una vida en la que el Espíritu ha hecho del corazón un santuario para la ley de Dios. El creyente que vive bajo la gracia se deleita en la voluntad del Señor, la busca, la estudia, la practica, no como un esclavo que teme al látigo, sino como un hijo que ama a su Padre.

Hebreos nos recuerda que “sin santidad, nadie verá al Señor” (Hebreos 12:14). Esa santidad no es una obra nuestra para escalar al cielo, sino un fruto de la obra de Cristo que nos trajo el perdón y nos dio su Espíritu. La gracia nos justificó, pero también nos santifica; nos libró de la culpa, pero también del dominio del pecado.

En resumen, la gracia y la santidad caminan de la mano. La una nos salva, la otra nos moldea. La una nos libra de la condena, la otra nos encamina en justicia. Separarlas es mutilar el evangelio. Por eso, si dices que has recibido gracia, que tu obediencia lo confirme. Porque en el nuevo pacto, la obediencia no es una carga que roba la libertad, sino el resplandor natural de una libertad verdadera. “Porque Dios es el que en vosotros produce así el querer como el hacer, por su buena voluntad” (Filipenses 2:13).