Adorar es dar homenaje. No es principalmente para nosotros, sino para aquel a quien deseamos honrar. Adoramos a Dios; adoramos para que Él se complazca y encontramos nuestro placer en agradarle.
Una de las cosas más importantes en la adoración es la CONGRUENCIA; Dios no se complace en un pueblo que le honre de labios, pero cuyo corazón esté lejos de él – tampoco estará conforme con que un coro pronuncie “Señor, Señor” pero cuyos miembros no se sometan a Su palabra.
Hemos de tener mucho cuidado con el contenido de lo que cantamos, pero así mismo del corazón con que cantamos, y mucho más de la vida que llevamos – podemos cantar “Jesús es mi Rey soberano” pero ¿Es nuestra vida un reflejo evidente de esas palabras?, podemos entonar “Amarte solo a ti, Señor”, pero será en el día a día que esa declaración será puesta a prueba y quedará de manifiesto si nuestra adoración es en espíritu y verdad o solo un ritual sentimental.
Cantad a Dios, cantad;
Cantad a nuestro Rey, cantad;
Porque Dios es el Rey de toda la tierra;
Cantad con inteligencia.
Salmo 47.6-7