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La adoración congregacional es uno de los medios que el Señor ha establecido para fortalecernos mutuamente, confesar juntos nuestra fe, testificar al mundo, y ejercitar el músculo de la comunión de los santos. Cantar juntos, como pueblo redimido, es declarar con una sola voz que Cristo es digno, que su gracia nos ha unido y que el infierno ha sido vencido.

La iglesia que canta junta permanece junta. La comunión de los santos se alimenta de doxología compartida. Es imposible odiar al hermano con quien se canta la misma redención. No hay espacio para el ego ni para el espectáculo personal cuando todos los redimidos entonan juntos la misma melodía de gracia. ¡Qué ironía que tantos quieran hoy cantar solos en su rincón, cuando Dios nos llama a ser un coro!

El gozo de los santos no está amarrado al clima, ni al dólar, ni a la salud, ni a los gobiernos. Es un gozo arraigado en Dios mismo: su Hacedor, su Redentor, su Rey. Cantamos con alegría, no porque el mundo sea amable, sino porque nuestro Dios es soberano.

La alabanza no es negación de la realidad, es proclamación de una realidad superior. Incluso cuando el alma sangra, el creyente canta. No porque sea insensible, sino porque su gozo no ha muerto. La alegría que nace del evangelio es una planta perenne que florece incluso en el invierno del alma. Por eso los mártires cantaban mientras ardían, los presos cantaban en las cárceles, los reformadores cantaban en la hoguera.

La adoración no es una distracción del sufrimiento, sino un testimonio de que la esperanza ha vencido al dolor.

Cantemos siempre, porque Su misericordia nunca caduca.
Cantemos juntos, porque hemos sido hechos un solo cuerpo en Cristo.
Cantemos alegres, porque nuestra esperanza está sentada en el trono.

El cristiano que no canta es un escándalo para el infierno y una contradicción para el cielo.
Que el canto de los redimidos nunca cese, ni por el cansancio, ni por la costumbre, ni por la tribulación.