"En esta vida matraca, de sufrir nadie se escapa" - Así dice un dicho y así es la vida real.
Luego de Génesis 3, la humanidad, como consecuencia del pecado, experimenta dolor, fragilidad y tragedia. Jesucristo tiene el plan de hacer todas las cosas nuevas y asegura a sus redimidos una eternidad de dicha y plenitud sin más llanto ni lamento.
Pero hasta ese día de gloria en que la muerte sea revertida en resurrección y los creyentes hereden una nueva creación, nos toca en cada jornada una dosis de afán y malestar cotidiano - enfermedades crónicas, fallas mecánicas, cosechas fallidas, accidentes y contratiempos, cancelaciones y pérdidas - gemido y frustración.
Y es en esas tragedias de la vida, que necesitamos un firme consuelo; no un cuento de hadas, ni una frase de fantasía.
El falso consuelo es como un osito de peluche; bonito, pachoncito y suave - pero es solo una decoración, un accesorio sin utilidad práctica - La biblia, por ser palabra de Dios, es esa fuente de consuelo confiable y realista - no nos brinda un mensaje motivacional, ni una terapia de "pensamiento mágico" sino el panorama real de la vida; una experiencia dura, difícil, cansada y accidentada. Pero también nos presenta a Cristo; redentor, vencedor sobre la muerte, proveedor de perdón y paz; y constructor de una nueva realidad; una creación renovada de dicha y paz.
En las terribles tormentas de la vida no necesitamos un osito de peluche, sino un ancla firme de certeza, esperanza y solaz - esa ancla es Cristo, y ese consuelo nos brinda verdadera paz.
La paz os dejo, mi paz os doy; yo no os la doy como el mundo la da. No se turbe vuestro corazón, ni tenga miedo. (Juan 14.27)