ORAR ES EJERCITAR NUESTRA CONTEMPLACIÓN DE DIOS
La oración cristiana no es un simple ritual ni un medio para satisfacer nuestras necesidades. Es, ante todo, una respuesta de la criatura a la revelación de su Creador. Cuando oramos, nos encontramos con Dios en la intimidad de la fe, maravillados por su grandeza y humillados por su gracia. La oración es el ejercicio espiritual por excelencia en el que el alma contempla a Dios con asombro y admiración, rindiéndole el homenaje de la dependencia y la obediencia.
RESPONDEMOS LA REVELACIÓN DE DIOS
Dios se ha dado a conocer por medio de su Palabra y, sobre todo, en la persona de Jesucristo (Hebreos 1:1-2). No oramos a un Dios desconocido, sino al Dios vivo y verdadero que ha hablado, que se ha acercado y que nos ha hecho suyos en Cristo. La oración es el eco de su voz en nuestro corazón; es la fe que responde: "¡Heme aquí, Señor!" Cuando nos postramos en oración, lo hacemos porque primero Él nos ha llamado.
ORAMOS EN RECONOCIMIENTO DE SU PROVIDENCIA
Nuestro Dios no es un espectador distante, sino el soberano que gobierna con sabiduría y amor. En la oración, reconocemos su mano en cada detalle de nuestra vida. Nos acercamos con gratitud porque todo lo que somos y tenemos proviene de Él (Santiago 1:17). Contemplar su providencia en oración nos libra de la ansiedad y nos llena de confianza: "Echa sobre Jehová tu carga, y él te sustentará" (Salmo 55:22).
ORAMOS EN SUMISIÓN A SU AUTORIDAD
Orar no es imponer nuestra voluntad a Dios, sino rendirnos a la suya. Jesucristo nos enseñó a clamar: "Hágase tu voluntad, así en la tierra como en el cielo" (Mateo 6:10). La oración contemplativa nos coloca en la postura correcta: no somos señores de nuestra vida, sino siervos del Rey eterno. En la presencia de Dios, el alma aprende a descansar en su sabiduría y a amar su voluntad, incluso cuando no la comprendemos.
ORAMOS EN DEPENDENCIA DE SU MISERICORDIA
Somos hijos necesitados de la gracia de Dios en todo momento. Nuestra oración nunca es un acto de autosuficiencia, sino un clamor humilde: "Señor, ten misericordia de mí" (Lucas 18:13). Cuando oramos, no nos presentamos con méritos, sino con las manos vacías, confiando solo en Cristo. Su misericordia nos sostiene, nos restaura y nos fortalece.
CONTEMPLA A DIOS
La oración contemplativa es mucho más que hablar con Dios; es quedar absortos en su gloria, rendidos en su providencia, sometidos a su autoridad y dependientes de su misericordia. Que al orar, lo hagamos con asombro y admiración, como aquellos que han sido traídos a su luz admirable.
"Grande es Jehová, y digno de suprema alabanza; y su grandeza es inescrutable" (Salmo 145:3).