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Históricamente, se ha tendido a hacer una distinción entre el clero, que supuestamente dedica su vida entera al servicio de Dios, y los laicos, quienes solo lo harían de manera parcial, reservando parte de su vida para lo "secular". En esta visión, pastores y misioneros serían los verdaderos siervos "de tiempo completo", mientras que el resto de los creyentes participa en la vida cristiana solo de forma complementaria.

Pero este concepto es ajeno al pensamiento reformado. La Reforma Protestante, y particularmente la enseñanza de Juan Calvino, rechazó esta distinción entre clero y laicado. Para Calvino y otros reformadores, cada cristiano es llamado a servir a Dios en su esfera de vida, ya sea en el ministerio, la familia, el trabajo o la comunidad. Todos los aspectos de la vida son áreas en las que el cristiano debe ejercer su sacerdocio, reflejando la gloria de Dios.

LA CARNALIDAD NO ESTÁ EN LAS COSAS

Una perspectiva secularizada tiende a considerar ciertas actividades o ámbitos de la vida como inherentemente "carnales" o "mundanas". Sin embargo, en la cosmovisión reformada, el problema de la carnalidad no reside en las cosas mismas, sino en la actitud del corazón. Comer, trabajar, descansar o disfrutar de la creación no son actividades menos espirituales que orar o predicar si se hacen para la gloria de Dios (1 Corintios 10:31). Lo carnal no está en lo material, sino en el uso desordenado o idolátrico de lo creado. El creyente redimido, viviendo como sacerdote de Dios, entiende que todo lo que hace puede ser un acto de adoración si se realiza en dependencia del Señor.

Bajo la doctrina del sacerdocio universal, no existe un ámbito que se pueda considerar exclusivamente "secular" y, por tanto, fuera del señorío de Cristo. El apóstol Pablo, en Colosenses 3:17, nos exhorta a hacer todo en el nombre del Señor Jesús. Esto implica que el trabajo de un carpintero, una madre, un ingeniero o un maestro es tan espiritual y significativo como el del pastor en el púlpito, cuando se hace para la gloria de Dios. Así, el concepto de servir a Dios no se limita a las actividades religiosas formales, sino que abarca toda la vida.

LO MUNDANO NO ESTÁ FUERA DEL TEMPLO

La distinción entre lo sagrado y lo secular ha llevado a muchos a pensar que lo mundano está “fuera del templo” y que solo las actividades relacionadas con el culto o la iglesia son verdaderamente sagradas. Sin embargo, la Escritura nos muestra que Dios es Señor sobre todas las cosas. El cristianismo no es una actividad dominical ni una función exclusiva de los líderes eclesiásticos, sino un estilo de vida que permea cada acción y pensamiento, desde el trabajo hasta el descanso, y desde la vida privada hasta la pública. Cristo derribó el muro de separación entre lo sagrado y lo profano, haciendo de todos los creyentes su templo viviente (1 Corintios 6:19). El sacerdocio universal nos llama a vivir cada día en el mundo como adoradores y testigos, conscientes de que el verdadero culto no se limita a lo que ocurre dentro de las paredes de una iglesia, sino que se extiende a toda la creación.

LA CONSAGRACIÓN ES UN ESTILO DE VIDA

Finalmente, la doctrina del sacerdocio universal nos lleva a entender que la consagración no es un acto esporádico o limitado a momentos específicos, ni un estatus que alcanzan sólo los líderes religiosos, sino que se trata de un estilo de vida. Romanos 12:1 nos exhorta a presentar nuestros cuerpos como sacrificio vivo, santo y agradable a Dios, lo cual es nuestro culto racional. Esta consagración no se circunscribe a los ritos religiosos, sino que se extiende a cada acción, pensamiento y decisión. Para el cristiano reformado, la vida entera es un acto de adoración, reflejando la realidad de que “todo lo nuestro es de Él, y debemos vivir como tales” (Calvino). No se trata de apartar un tiempo para Dios, sino de vivir todo el tiempo en Él.