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En la última hora de su agonía, Jesús pronunció la frase de desenlace, sus últimas palabras antes de expirar: "Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu" (Lucas 23:46) – si no hubiera ocurrido la victoria de la RESURRECCIÓN, estas habrían sido palabras de fracaso y frustración; motivo para concluir que todo acaba en el sepulcro y que la vida termina por no tener sentido ni trascendencia, dado el inevitable triunfo de la muerte y la impotencia humana ante el sepulcro.

Pero el poder de la RESURRECCIÓN de Cristo le da un significado diferente a esta última frase de Jesús; estas son palabras de certeza, consuelo y esperanza para todo aquel que pone su fe en Cristo - Las palabras de Cristo pueden ser la oración del creyente ante la muerte; "Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu" – en la esperanza y consuelo de la resurrección; el ultimo suspiro del cristiano pone fin a las aflicciones de esta vida; si hubo dolencias, habrán acabado – si fue larga la agonía, llegará el alivio – si abundó el llanto, las lágrimas habrán cesado – si la miseria dificultó el camino, la herencia eterna será la recompensa. No mas sollozo, no más carencias, dicha y paz sin dolor ni turbación – el sepulcro no será vencedor, sino aliado del cristiano – la muerte será en todo caso el tierno abrazo del Padre; provisión de descanso y certeza del triunfo en la resurrección de Cristo.

La muerte no es el fin, el sepulcro no es la última escena de la existencia – hay algo más allá, hay continuidad. Cristo acababa de afirmar al ladrón recién convertido “hoy estarás conmigo en el paraíso” – de manera que al enfrentar la muerte y una vez concluido el último suspiro, el Hijo estuvo con el Padre en el paraíso – la gloria, el cielo, la mansión celestial – tantos nombres hay para referirse a ese estado de dicha y paz. Claro, que si las promesas de un paraíso para los arrepentidos resultaron ciertas, asimismo han se serlo las advertencias de lloro y crujir de dientes para los impenitentes – razón por la cual, es urgente y necesario hacer las previsiones para la eternidad.

“Oh, Dios de gloria, de triunfo, al final - déjame el gozo del cielo alcanzar. Alma de mi alma, Dueño y Señor; en vida y muerte sé tú mi visión”