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Jeremías 17:5-10 nos presenta una analogía que nos invita al autoanálisis.

Cada uno de nosotros se parece a una de estas dos imágenes;  a un árbol frondoso plantado junto a una corriente de agua que le sustenta y le nutre, o nos parecemos a un arbusto seco sin fruto ni sustento que apenas se mantiene en medio del desierto.  ¿Cuál es tu caso?

En la misma analogía, hay un SOL radiante, produciendo calor, dificultando la vida – ese sol representa todo aquello que duele, que cansa, que incomoda y desespera; representa la miseria y la fragilidad de la vida que experimentamos con cada dolencia, en cada carencia, tras cada pérdida y por cada contratiempo – se trata del CALOR de la vida. ¿Cómo reaccionamos a él? ¿Cómo nos las arreglamos CUANDO CALIENTA EL SOL?

He aquí el manual de sobrevivencia al embate del calor de la vida:

No me quejo, No me amargo, No hago dramas, No me empodero…

La clave está en aferrarnos a Cristo y su evangelio, dejar de culpar al entorno de lo que en realidad es nuestra responsabilidad, y dejar de esperar a que las circunstancias mejoren para comenzar a ser felices. En Cristo podemos encontrar dicha, aún bajo el sol más extenuante y a pesar del calor más intenso; él es el agua viva que sacia, que fortalece y constantemente nos abastece de la gracia suficiente para prevalecer frente a las más extremas condiciones de esta vida.

Cuando calienta el sol es el mejor momento para ejercitar la gratitud, para perseguir el contentamiento, para aferrarnos al evangelio y para confiar en Dios.

El Señor me ha sido por refugio, Y mi Dios por roca de mi CONFIANZA

Salmo 94:22

Bendito el varón que CONFÍA en el Señor, y cuya confianza es Dios. Porque será como el árbol plantado junto a las aguas, que junto a la corriente echará sus raíces, y no verá cuando viene el CALOR, sino que su hoja estará verde; y en el año de sequía no se fatigará, ni dejará de dar fruto.

Jeremías 17:7-8