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LA CARRERA NO ADMITE PEREZA

Corramos con paciencia la carrera que tenemos por delante, puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe. — Hebreos 12:1-2

NO HAY ESCALERA ELÉCTRICA AL CIELO

El cristianismo moderno —infectado de evangelio cómodo y frases motivacionales disfrazadas de fe— quisiera que la vida cristiana fuese un elevador celestial: aprietas el botón de la fe, haces una oración, y listo: gloria garantizada sin más esfuerzos. Pero la carta a los Hebreos nos corrige: no hay ascensor al cielo, hay carrera. Y no una corta, sino de larga resistencia.

El camino del creyente no es un paseo triunfal, sino una travesía con espinas, pruebas, cansancio, y tentaciones. El autor lo expresa así: “Y deseamos que cada uno de vosotros muestre la misma solicitud hasta el fin, para plena certeza de la esperanza” (Hebreos 6:11).

Es decir, sin solicitud perseverante, no hay certeza legítima. Y la palabra “solicitud” aquí no significa entusiasmo emotivo, sino un impulso constante, diligente, firme. La fe que no se mueve hacia adelante, retrocede. La carrera cristiana no es de velocidad, sino de permanencia. No es para velocistas de eventos de fin de semana, sino para maratonistas de toda la vida.

LA PEREZA ESPIRITUAL: PECADO DISFRAZADO DE CANSANCIO

Hebreos 6:12 lanza una flecha directa al corazón de la complacencia: “A fin de que no os hagáis PEREZOSOS, sino imitadores de aquellos que por la fe y la paciencia heredan las promesas.”

La pereza aquí no es simplemente flojera física, sino tibieza espiritual, negligencia del alma, falta de hambre por Dios. Y esta pereza no es inocente: es pecado, es incredulidad maquillada, una forma de decirle a Dios: “No confío en que valga la pena seguir”.

El alma perezosa se detiene, y al detenerse, se enfría. Y al enfriarse, se endurece. Y al endurecerse, empieza a justificar su deserción con excusas piadosas: “Estoy en una etapa de descanso”, “necesito enfocarme en mí mismo”, “Dios conoce mi corazón”. Hebreos dice: ¡alerta! ¡Despierta! La pereza es letal.

LA MADUREZ NO GERMINA EN LA SOMBRA DE LA PEREZA

Muchos quieren tener fe de roble sin plantar la semilla, sin regarla con oración, sin abonarla con Palabra, sin exponerla al sol abrasador de las pruebas. Pero la fe no se fortalece en la comodidad. Hebreos 5:14 dice que el alimento sólido es para los que por el uso tienen los sentidos ejercitados. Es decir, la madurez espiritual es fruto del ejercicio, de la constancia, no de la pasividad.

Es un hecho que la justificación es por la fe sola, pero la fe que justifica nunca está sola. Una fe sin obras, sin lucha, sin fruto, es una caricatura barata del verdadero Evangelio. La fe verdadera siempre produce obediencia. La gracia no es una licencia para la pereza, sino una fuerza que nos impulsa a correr.

LA CARRERA QUE TENEMOS POR DELANTE

Casi al cierre de la carta, Hebreos 12:1-2 nos exhorta: “Corramos con paciencia la carrera que tenemos por delante, puestos los ojos en Jesús…” Aquí no hay margen para los espectadores ni para los desertores. El texto no dice: “mirad cómo corren otros”, ni “esperad a ser llevados en brazos”, sino corramos. La carrera cristiana no se gana con emociones fugaces ni decisiones del pasado, sino con perseverancia constante, día tras día, sin mirar atrás, sin desviarse. Y el secreto de esta perseverancia no está en nuestra fuerza de voluntad, sino en poner los ojos en Jesús, el pionero y perfeccionador de nuestra fe. Él corrió antes que nosotros. Él soportó la cruz. Él está esperándonos en la meta. Él nos fortalece con Su Espíritu.

NO HAY VICTORIA PARA EL PEREZOSO

La vida cristiana no es una hamaca colgante, sino una pista de carrera. El cielo no es para los que “empezaron”, sino para los que terminan en fe. No se trata de correr más rápido que otros, sino de no parar jamás. Sí, habrá caídas, tropiezos, momentos de flaqueza. Pero el verdadero creyente se levanta, se sacude el polvo y sigue. La gracia no nos quita de la carrera: nos capacita para no desmayar en ella.