Desde el 2008, la televisión mexicana ha transmitido la serie La Rosa de Guadalupe, una producción donde, en relatos breves, se presentan diversas problemáticas familiares que, de manera "oportuna" y milagrosa, son resueltas por la intervención de la célebre rosa, acompañada de su característico vientecito y una música angelical digna de un comercial de detergente celestial. Todo se arregla en un abrir y cerrar de ojos, como si la fe fuera un boleto de lotería que, con un poco de viento divino, garantiza el premio mayor.
Desde la trinchera evangélica, resulta casi instintivo señalar esta forma de religiosidad como ingenua, engañosa, irreal y francamente fanática—una devoción supersticiosa que roza lo pagano. Nos indignamos con razón. ¡Qué disparate convertir la fe en un amuleto para emergencias, en una especie de botón mágico para activar milagros cuando más conviene!
Pero, un momento. Si nos ponemos estrictos y escudriñamos nuestros caminos (Lamentaciones 3:40), quizá descubramos que en la iglesia "no-guadalupana" e idealmente "cristocéntrica" también se cuela una devoción igualmente fanática, supersticiosa y ficticia. ¿Acaso el Jesús de muchos "creyentes" no es más bien un Jesús de llavero, un Cristo de bolsillo, un Dios de complemento? Un recurso de emergencia, listo para usarse en caso de necesidad: enfermedad, desempleo, crisis matrimonial, o un diagnóstico desfavorable.
Pero, ¿y cuando todo está en orden? Cuando hay salud, trabajo y estabilidad, cuando la agenda está repleta de reuniones, compromisos y un maratón de series pendientes en Netflix, ¿dónde queda Cristo? Pues bien guardado, junto a la llanta de repuesto, el extintor de incendios y el botiquín de primeros auxilios. No estorba, no incomoda, pero está disponible para cuando realmente se necesite. Y así, sin darnos cuenta, hemos fabricado una fe que no se distingue en nada de la superstición de la Rosa de Guadalupe.
Pero Cristo no es un accesorio. No es un talismán. No es el equivalente celestial de una póliza de seguros contra desgracias. Él es el Rey de reyes y Señor de señores (Apocalipsis 19:16). No gobierna solo sobre una pequeña parcela de nuestras vidas, ni se conforma con los espacios vacíos en nuestra agenda. No es una aplicación de asistencia espiritual que abrimos solo cuando el WiFi de la vida falla. Su Señorío lo abarca todo: mente, alma, corazón y fuerzas (Marcos 12:30). Su gloria exige todo nuestro ser. No lo honramos con una oración exprés cuando la urgencia nos aprieta, sino con una vida entera rendida a su voluntad.
Así que, si hasta ahora tu Cristo ha sido una versión miniatura, un simple adorno en el llavero de tu vida, es momento de dejar atrás esa devoción infantil y superficial. Miremos al Cristo real, al Cristo bíblico: soberano, majestuoso, digno de toda honra y gloria. Y moldeemos nuestra oración de manera que refleje esa realidad: "Sea hecha tu voluntad" (Mateo 6:10). Porque Jesús no es un auxilio de bolsillo. Es el Señor del universo. Y lo que demanda de nosotros no es una visita ocasional, sino una entrega total.