El domingo no es cualquier día. Es el día del Señor, el día del pueblo redimido, el día de la santa convocación en la cual la Iglesia levanta su voz al cielo, no por inercia litúrgica, sino por necesidad vital - Y la oración es parte importante del culto cristiano. Si el sermón es la mesa servida, la oración es el clamor por saciedad y deleite. Si el canto es una ofrenda de alabanza, la oración es la súplica por la presencia y comunión con Dios. Sin oración, el culto se seca, se apaga y se enfría. Por ello, cada domingo al adorar en comunidad elevamos nuestra mirada al trono de la gracia y clamamos: ¡Venga Tu reino, hágase Tu voluntad!
La oración NO es un momento del culto cristiano, sino que está presente en todos los elementos del culto; en la alabanza, en la predicación, en la intercesión y en el corazón:
1. OREMOS DESDE LA PALABRA
Dios no es una idea, ni un eco de nuestros deseos, ni un concepto moldeable al sentimentalismo moderno. Él “habló y fue hecho” (Salmo 33:9). La oración cristiana no comienza en el corazón humano, sino en la Palabra de Dios. La regla de toda oración debiera ser que no debe salirse jamás del marco de la Palabra de Dios - porque no clamamos al aire, ni a un desconocido, sino al Dios que se reveló en las Escrituras. ¿Quieres aprender a orar? Lee los Salmos. Escucha los clamores de los profetas. Aprende el “Padre nuestro”. Ora con tu Biblia abierta. Porque sólo desde la Palabra podemos dirigirnos al Dios verdadero, y no al ídolo de nuestras emociones.
2. OREMOS CON MELODÍAS
Los cánticos no son entretención dominical, ni adornos emocionales para “poner ambiente”. Son, en el mejor sentido, oraciones cantadas. ¿Acaso no dijo el apóstol: “cantando con gracia en vuestros corazones al Señor” (Col. 3:16)? Nuestros himnos y salmos son súplicas entonadas, clamores doctrinales, teología en armonía. Cuando cantas “Castillo fuerte es nuestro Dios”, estás haciendo una oración que confiesa, suplica, celebra y combate. Lutero cantó para orar y oró para cantar. El culto congregacional sin canto fervoroso es una asamblea muda, y una iglesia que no canta es una iglesia que ya ha comenzado a morir.
3. OREMOS EN EL SERMÓN
El púlpito no es un monólogo. El predicador no es un actor, y la congregación no es una audiencia pasiva. Mientras se predica la Palabra, el pueblo debe orar: “¡Háblame, Señor! ¡Ábreme los ojos! ¡Hazme un hacedor y no un oidor olvidadizo!” (cf. Stg. 1:22). ¿Quién puede entender la Palabra si el Espíritu no la revela? ¿Quién puede obedecer sin que el Espíritu dé poder? Por eso, el sermón debe estar empapado de oración, tanto en su preparación como en su recepción. Si el predicador ora para predicar, el oyente debe orar para escuchar. El púlpito sin oración es arrogancia; la escucha sin oración es ceguera voluntaria.
4. OREMOS POR LA IGLESIA
En el culto, no somos individuos aislados en sus islas emocionales. Somos el cuerpo de Cristo, la iglesia militante reunida bajo el estandarte de la cruz. Cuando oramos, no debemos limitarnos a nuestras angustias personales, sino clamar por los hermanos. Interceder. Gemir con los que gimen. Clamar por los que sufren, por los que predican, por los que discipulan, por los que están presos por la fe. La oración intercesora es la prueba de que hemos entendido el evangelio. Porque así como Cristo intercede por nosotros (Rom. 8:34), también nosotros debemos interceder por su Iglesia. No hay lugar en el culto cristiano para un ego devocional: ¡haz espacio para orar por tu prójimo!
OREMOS JUNTOS, OREMOS SIN CESAR.
El culto dominical es un ascenso colectivo al monte de Dios. Clamamos porque sabemos que sin Él, nada somos. Por eso, este domingo —así como cada día— haz de la oración el hilo que atraviese y conecte el canto, el sermón, la intercesión, la comunión. Y cuando ores, recuerda que no estás solo: la Iglesia ora contigo, y Cristo intercede por ti.