“Cantad alegres a Dios, habitantes de toda la tierra. Servid a Jehová con alegría; venid ante su presencia con regocijo.”
— Salmo 100:1-2
El domingo no es una excusa para dormir más… es una cita con el Rey. Y cuando el pueblo de Dios se reúne, no lo hace en silencio ni con rostro fúnebre. Se reúne con canto. No con un concierto de entretenimiento, ni con un show sentimentalista, sino con “salmos, himnos y cánticos espirituales, cantando y alabando al Señor en vuestros corazones” (Efesios 5:19).
El canto congregacional es más que un preámbulo al sermón. Es doctrina hecha melodía. Es oración colectiva con ritmo. Es unidad del cuerpo en armonía literal. Como bien dijo Martín Lutero: “La música es un don magnífico de Dios. Casi iguala al valor de la Palabra y exorciza al diablo.”
1. El canto congregacional edifica al alma
La música en el culto no es para estimular emociones vacías, sino para encender el entendimiento con verdad. “La palabra de Cristo more en abundancia en vosotros, enseñándoos y exhortándoos unos a otros en toda sabiduría, cantando…” (Col. 3:16). El canto instruye. ¡Qué ironía que muchos canten mentiras doctrinales en nombre de la sinceridad! El canto reformado debe ser saturado de Escritura y teología. Las dulces melodías deben ser dulces porque contienen miel de la roca (Sal. 81:16), no porque imiten al mundo.
2. El canto congregacional une a la iglesia
No se trata de solistas luciéndose. Se trata de un pueblo que, al cantar al unísono, confiesa con una sola voz la gloria de su Señor. Como en el cielo: “una gran voz… decían: ¡Aleluya!” (Apoc. 19:1). ¿Notas? No era una colección de aplausos humanos, era una sola voz. Cuando cantamos juntos, nuestras voces se entrelazan como símbolo visible de la comunión de los santos. No hay coro más hermoso en la tierra que una iglesia sencilla, cantando la verdad con el corazón ardiendo.
3. El canto congregacional exalta al Señor
“Bueno es alabarte, oh Jehová, y cantar salmos a tu nombre, oh Altísimo” (Sal. 92:1). En los cánticos del pueblo, Dios es glorificado porque se hace audible la gratitud, la alabanza, la adoración y la fe. En cada himno, confesamos quién es Él y lo que ha hecho. Nuestro Dios no necesita nuestra voz, pero se deleita en recibir nuestro gozo cuando lo exaltamos. Porque el domingo, nuestras gargantas se convierten en trompetas de la gracia.
Y sí, mientras el mundo canta sus odas al hedonismo, al relativismo y a la vanidad, nosotros cantamos verdades eternas que no mueren con el cambio de década.
Canta, alma redimida, Canta, iglesia amada; Canta, aunque el corazón duela, aunque las pruebas muerdan, Canta porque Cristo vive, Canta porque el Espíritu te da nueva canción - Canta porque el Padre te ha hecho su hijo.
“La iglesia no canta para sobrevivir. Canta porque ha sido rescatada.”
Así que este domingo, no llegues tarde, pero tampoco llegues mudo.
Llega con un corazón dispuesto a derramar dulces melodías al Señor.