“Así que, ofrezcamos siempre a Dios, por medio de él, sacrificio de alabanza, es decir, fruto de labios que confiesan su nombre.” Hebreos 13:15
La palabra “sacrificio” suele estar teñida, en nuestro tiempo, con un tono lúgubre y lastimero. La imaginamos como pérdida, privación, castigo. Pero en la economía del pacto de Dios, sacrificio era sinónimo de fiesta. Cuando Israel se acercaba al tabernáculo o al templo con sus ofrendas, no lo hacía con una actitud derrotista, como quien entra al dentista o va a la notaría a firmar una condena. Iba con cánticos, con alegría, con gratitud. ¡Había carne asada en los atrios del Señor! (“Y sacrificarás ofrendas de paz, y comerás allí, y te alegrarás delante de Jehová tu Dios.” — Deuteronomio 27:7)
Los sacrificios traían consigo la bendición de la presencia de Dios y la comunión entre hermanos. No era ayuno de penitencia, sino banquete de alianza. No eran lamentos forzados, sino alabanzas voluntarias. Cada holocausto, cada sacrificio de paz, cada ofrenda de acción de gracias era un recordatorio tangible de que Dios está con su pueblo… y que su pueblo debe responder con júbilo. Así también, el culto dominical no es una carga, sino una corona. No es un tiempo de “cumplimiento”, sino una fiesta semanal, santa, donde celebramos al Rey del pacto con alegría.
El domingo no es una penitencia que soportamos para apaciguar a Dios, como si fuera un jefe quisquilloso con nuestras asistencias. No es el castigo por haber tenido “demasiado mundo” en la semana. ¡No, por favor! Es el banquete del Rey, la fiesta del pacto, la antesala del cielo. El domingo es el mercado de la gracia, la parada semanal para repostar el alma, el eco de la resurrección de Cristo.
Por eso, no lo trates como algo que se negocia si no hay nada mejor que hacer. No lo pongas en la misma lista que el cine, la playa o el partido de fútbol. El domingo es del Señor. Y es para tu bien, tu gozo, tu alma.
“Este es el día que hizo Jehová; nos gozaremos y alegraremos en él”— Salmo 118:24
Haz del domingo tu cita ineludible con el Dios del pacto. Vístete de fiesta, no de luto. Llega al culto como quien va a una boda, no a un velorio. Eleva tu canto como un sacrificio, tu corazón como una ofrenda, y tu vida como incienso.
Y entre semana, vive lo que cantaste. Sé templo en el trabajo, sacerdote en tu casa, adorador en el tráfico. Porque si el domingo es sacrificio de alabanza, de lunes a sábado somos altar ambulante.