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La Escritura no habla de rehabilitar el pecado, sino de crucificarlo. “Haced morir, pues, lo terrenal en vosotros” (Colosenses 3:5). El viejo puritano John Owen lo expresó con su famosa advertencia: “O estás matando al pecado, o el pecado te está matando” No existe una tregua duradera entre el creyente y la impiedad. Uno de los dos morirá. Y la gracia de Dios no nos llama a una guerra tibia. Nos llama a una guerra decidida.

Nuestra naturaleza caída siempre intenta suavizar el juicio contra la impiedad. Nos decimos: “no es tan grave”, “todos luchan con esto”, “Dios entiende”.

Sí, Dios entiende… y precisamente por eso envió a su Hijo a morir por el pecado. La cruz de Jesucristo es la evidencia de que Dios no considera el pecado un asunto menor. Si el pecado pudiera ser tolerado, el Calvario habría sido innecesario. Pero la sangre derramada en la cruz declara algo con una claridad que atraviesa los siglos: el pecado debe morir.

La palabra “renunciar” en Tito tiene el sentido de rechazar públicamente, repudiar, dar la espalda. No es simplemente sentir culpa. Es romper alianza. La impiedad no puede seguir viviendo como huésped en el corazón redimido. Donde reina Cristo, el pecado no puede ser tratado como amigo. Cristo no justifica a nadie a quien no santifique al mismo tiempo. La misma gracia que nos perdona es la gracia que nos entrena para una vida de santidad.

UNA VIDA DIFERENTE

Cuando la gracia hace su obra, algo cambia profundamente en el creyente. Comenzamos a odiar lo que antes amábamos. Y comenzamos a amar lo que antes despreciábamos. Lo que antes parecía libertad ahora nos parece esclavitud. Y lo que antes parecía restricción ahora se revela como verdadera vida. El cristiano aprende a vivir: sobriamente, apartado del vicio y gobernado por el Espíritu de Dios – justamente; con una conciencia limpia y una conducta íntegra – y piadosamente, con su corazón orientado a Dios en adoración y sumisión. Y todo esto, no porque sea perfecto, sino porque la gracia lo está formando.

DECLAREMOS LA GUERRA A LA IMPIEDAD

La gracia de Dios no vino a hacer las paces con la impiedad. Vino a destronarla. Por eso debemos ser firmes. Sin sentimentalismos espirituales. El pecado no es una mascota. Es un asesino. Por tanto, seamos duros con ella. A la impiedad no se le da asiento en la mesa.

No se le concede refugio en el corazón. No se le permite crecer en silencio. Se la combate. Se la expulsa. Se la hace morir. Y en su lugar florece la vida nueva que la gracia produce: una vida sobria, justa y piadosa, mientras esperamos la esperanza bienaventurada y la manifestación gloriosa de nuestro gran Dios y Salvador (Tito 2:13).