Generalmente al hablar de PACIENCIA, pensamos en cómo las aflicciones de la vida, las personas difíciles de tratar y los inconvenientes de cada día ponen a prueba nuestra paciencia. Pero ¿Qué tanto ponemos a prueba la paciencia de Dios? ¿Crees que Dios es muy paciente contigo o eres una criatura tan dócil, mansa y sumisa que no requiere que Dios sea paciente en su trato hacia ti?
Por la analogía del Salmo 23, deducimos que Dios nos trata con suma paciencia.
En el PERDÓN de nuestros pecados, estuvo involucrada la paciencia de Dios, hasta que apareció aquel que pagaría nuestra deuda con su sacrificio, Jesucristo – “a quien Dios puso como propiciación por medio de la fe en su sangre, para manifestar su justicia, a causa de haber pasado por alto, en su PACIENCIA, los pecados pasados. (Rom 3:25)
En su PERSEVERANCIA para con su pueblo, Dios se muestra paciente, haciéndose responsable de cuidar, guiar, proveer y preservar a su pueblo – “…los que sois traídos por mí desde el vientre, los que sois llevados desde la matriz. Y hasta vuestra vejez yo soy el mismo, y hasta las canas os SOPORTARÉ yo; yo hice, yo llevaré, yo soportaré y libraré” (Isa.46:3-4).
Al PERFECCIONAR a su pueblo, llevándolo hacia la madurez y la santidad, Dios aplica paciencia, no abandonando la obra de sus manos, sino llevando a buen término la obra que comenzó en sus hijos – “…estando persuadido de esto, que el que comenzó en vosotros la buena obra, la perfeccionará hasta el día de Jesucristo” (Fil.1:6)
¡Gracias a Dios por su PACIENCIA para con su rebaño!
El Señor no retarda su promesa, según algunos la tienen por tardanza, sino que es PACIENTE para con nosotros, no queriendo que ninguno perezca, sino que todos procedan al arrepentimiento. (2Pd.3:9)