El culto cristiano no es un evento social, ni un espacio para el entretenimiento emocional, ni mucho menos una pasarela de talentos humanos. Es la congregación de los redimidos delante del trono de Dios para celebrar lo que solo Cristo pudo, puede y seguirá haciendo por su pueblo. Todo verdadero culto cristiano proclama a Cristo, celebra a Cristo y anhela a Cristo - no es una experiencia de consumo, sino un acto de humilde entrega y sometimiento, de asombro y devoción a Jesucristo.
El culto no es un supermercado espiritual donde el asistente escoge "lo que le gusta", descarta "lo que no le ministra" y evalúa el servicio con estrellitas como si fuese un restaurante de comida rápida celestial. No, hermanos. El culto es con C de Cristo, no de consumismo. No venimos a recibir según nuestras preferencias, sino a rendirnos según Su Palabra. La adoración no gira en torno al gusto del adorador, sino en torno a la gloria del Adorado. Cristo no es un producto que se adapta al mercado evangélico, sino el Señor que ordena el modo en que ha de ser honrado.
La iglesia que pierde la visión de la majestad de Dios comenzará a adorar el entretenimiento en vez de exaltar al Eterno. El culto centrado en Cristo expone, exalta y edifica; el culto centrado en el consumidor distrae, diluye y degrada. En el trono no está el público, está el Cordero. ¡Basta ya de fabricar cultos para agradar hombres! Volvamos a la reverencia, la Palabra y la gloria de Dios.
El culto cristiano no se define por el estilo musical, el carisma del predicador, ni la comodidad del edificio. Se define por la centralidad de Cristo. Es celebrativo, sí, pero no emocionalista. Es edificante, sí, pero no egocéntrico. Es bíblico, sí, y por eso mismo profundamente cristo-céntrico.
“Cantad a Jehová, bendecid su nombre; anunciad de día en día su salvación” (Salmo 96:2).