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El gozo cristiano que une a los creyentes no es algo que pueda ser producido por esfuerzos humanos, estructuras institucionales o activismo religioso. No se puede fabricar por métodos, programas o actividades, porque este gozo proviene exclusivamente de una relación personal con Jesucristo. Es el resultado de comprender nuestra redención por medio de Su sangre y de experimentar la renovación que viene de su gracia perdonadora.

Intentar generar gozo mediante el esfuerzo humano es un intento vano. Como dice el Salmo 16:11, es solo en la presencia de Dios donde encontramos plenitud de gozo. Este gozo es un don que fluye de la centralidad de Cristo en nuestras vidas. Al buscarlo a Él, como nuestro Señor y Salvador, experimentamos el gozo verdadero que nos une como cuerpo de creyentes. Solo en Cristo encontramos la fuente inagotable de gozo que satisface el alma, y este gozo no puede ser sustituido por nada que el mundo o las instituciones humanas puedan ofrecer.

El apóstol Juan, en su primera epístola, nos revela una verdad fundamental sobre la vida cristiana: el gozo que experimentamos como hijos de Dios está profundamente arraigado en nuestra relación con Él, en la redención que nos ha sido otorgada por medio de Cristo y en la continua renovación de nuestras vidas por la gracia divina. 1 Juan 1:6-9 nos invita a meditar sobre estas realidades y a descubrir la fuente genuina de nuestro gozo. Este gozo no es superficial ni transitorio, sino profundo y duradero, porque tiene su origen en la obra de Cristo y en nuestra comunión con Él.

Así, la clave para vivir en el gozo cristiano no está en el activismo o la autoexigencia, sino en vivir en comunión con Cristo, recordando que Él es nuestra paz, nuestro redentor y nuestro renovador. ¡En Él está la fuente de todo nuestro gozo!