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Imagínate por un momento que eres un huérfano abandonado, sin hogar y sin familia. Eres un extraño en el mundo, sin nadie que te proteja o te ame. Esa era nuestra situación antes de que Dios nos adoptara como sus hijos.

La doctrina de la adopción es una de las verdades más hermosas de la fe cristiana. Dios, en su gracia y misericordia, nos ha adoptado en su familia como hijos e hijas. Él nos ha dado el derecho de llamarnos hijos suyos y de ser herederos de su gloria.

Cuando el Padre celestial nos adoptó, no solo nos dio una nueva posición en Cristo, sino que también nos dio una nueva identidad. Ya no somos esclavos del pecado, sino hijos del Dios altísimo. Como hijos adoptados, podemos acudir a nuestro Padre celestial en cualquier momento, sabiendo que Él nos escucha y nos ama. Él nos ha prometido que nunca nos dejará ni nos abandonará.

Juan Calvino dijo: "No podemos tener acceso al reino de Dios de otra manera que no sea a través de la adopción". La adopción es la clave para entender nuestra relación con Dios y nuestra posición en Cristo. Debemos aferrarnos a esta verdad y vivir en ella todos los días.