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La muerte, aunque dolorosa por el luto, la separación y la despedida que provoca en quienes quedan, es para los redimidos de Cristo un paso hacia el alivio, la victoria y la ganancia eterna.

1. LA MUERTE es una separación momentánea.

La muerte, desde la perspectiva cristiana, no es más que una separación temporal del cuerpo y el espíritu. El alma del creyente entra inmediatamente en la presencia de Dios, mientras que el cuerpo, sembrado en corrupción, descansa en la tumba, esperando la resurrección gloriosa (2 Corintios 5:8). Esta separación no es definitiva, sino una fase transitoria que anticipa la plena redención de nuestra naturaleza, cuando cuerpo y alma se reunirán en la perfección de la vida eterna. Esta comprensión de la muerte alivia el temor, ya que, lejos de ser una disolución final, es una transición que nos lleva hacia la visión beatífica de nuestro Señor.

2. LA MUERTE es un punto y coma, no un punto final.

Para el creyente, la muerte no es un fin absoluto, sino un "punto y coma" en el curso de la vida eterna, en el sepulcro no se encuentra el final de nuestra historia, queda pendiente una eternidad. En Cristo, hemos pasado de muerte a vida (Juan 5:24), y aunque experimentemos la separación momentánea del cuerpo y el alma, sabemos que el propósito de Dios no ha concluido. Este momento de pausa apunta hacia una continuación gloriosa. La vida eterna, prometida por Cristo y comprada en la cruz, asegura que el creyente transita de una existencia terrenal a una celestial, de manera que la muerte pierde su poder de aniquilación y se convierte en una puerta a la gloria.

3. ESPERAMOS la resurrección de los muertos y la vida perdurable

La esperanza cristiana no se limita a la inmortalidad del alma, sino que se extiende a la resurrección gloriosa del cuerpo. Esperamos con ansias el día en que Cristo, quien es "la resurrección y la vida" (Juan 11:25), restaurará nuestros cuerpos mortales a una forma incorruptible. Esta esperanza en la resurrección está firmemente anclada en la promesa de que seremos hechos semejantes a Él, participando en Su victoria sobre la muerte (Filipenses 3:21). La vida perdurable que nos aguarda no será una existencia etérea, sino la plenitud de la vida humana en un cuerpo resucitado, libre de toda aflicción, enfermedad y muerte.

NINGUNA TUMBA será una morada definitiva.

En cada tumba, se leen dos fechas: la del nacimiento y la del fallecimiento, que marcan los límites de la vida terrenal. Pero hay una fecha aún no inscrita, una que será compartida por todos los redimidos y que cambiará la historia del universo: el día de la gran resurrección. En ese día glorioso, los cuerpos dormidos en Cristo serán levantados incorruptibles, y aquellos que aún vivan serán transformados. Esta será la verdadera culminación de nuestra esperanza, cuando los redimidos de Cristo despierten a la vida eterna en los cielos nuevos y tierra nueva. Como dice la Escritura, "muerte es tragada en victoria" (1 Corintios 15:54), y se nos concederá disfrutar eternamente de la presencia de nuestro Dios, libres de toda sombra de dolor y tristeza. Este día, el día final, unirá a todos los creyentes en un júbilo eterno que nunca tendrá fin.