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Fiesta sin llanto y dicha sin fin / Lucas 16:19-31

La cruz es el camino a la corona. La aflicción es pasajera, pero la gloria es eterna.

“Había un hombre rico, que se vestía de púrpura y de lino fino, y hacía cada día banquete con esplendidez.” — Lucas 16:19

La escena es de esplendor, lujo y placeres. El rico del relato de Jesús no es presentado como un criminal ni un blasfemo; simplemente, como alguien que vivía para sí. Su vida era una continua fiesta, pero sin Dios. Tenía todo, menos lo único necesario.

La Biblia no condena la riqueza, pero sí la idolatría del corazón. Cuando el alma se vacía de Dios, se llena de placeres pasajeros. El problema de este hombre no fue el banquete, sino el olvido de su miseria espiritual. Vivió como si la eternidad no existiera. Ignoró al pobre Lázaro en su puerta, pero sobre todo, ignoró a Dios en su corazón.

“Y había también un mendigo llamado Lázaro… deseando saciarse de las migajas… y los perros venían y le lamían las llagas.” — Lucas 16:20-21

Qué contraste. Lázaro, cuyo nombre significa “Dios es mi ayuda”, vivía en la miseria absoluta. Sin embargo, su corazón pertenecía al Señor. Aunque su cuerpo era afligido, su alma era sostenida. Fue ignorado por los hombres, pero conocido por Dios.

Cuando murió, fue llevado por los ángeles al seno de Abraham, símbolo del consuelo eterno de los redimidos. Su pobreza fue solo temporal; su recompensa, gloriosa y eterna.

Muchos creyentes pasarán por la vida con más lágrimas que risas, más pruebas que victorias terrenales. Pero su epitafio eterno será glorioso: “Recibió males, pero ahora es consolado.”

El consuelo de Dios no es momentáneo, sino eterno. No es superficial, sino profundo. Y no depende de lo que sufrimos aquí, sino de lo que Cristo ganó allá, en la cruz. Cada lágrima que derramamos por Su causa será enjugada por Su mano.

“Enjugará Dios toda lágrima de los ojos de ellos; y no habrá más muerte, ni habrá más llanto, ni clamor, ni dolor…” (Apocalipsis 21:4)