La envidia y la avaricia son distorsiones de las bendiciones materiales; el envidioso pone la mirada en el prójimo y se llena de enojo, se deja carcomer por la amargura y se inflama de ambición; reclamando, en su miopía, la misma prosperidad que tiene el vecino con la idea de que merece lo mismo, si no es que más que los demás – no se da cuenta que es afortunado al recibir por pura misericordia tantos bienes de parte de Dios.
El avaro, por otro lado, cuenta NO lo que ya ha recibido, sino lo que no tiene, aquello de lo que piensa que carece, esas cosas que considera que “necesita” para por fin, estar satisfecho - ha caído en la trampa de la ingratitud, en las arenas movedizas de la ambición, de las cuales le habrían librado el contentamiento y la devoción (1Tim.6:6-8).
Ambos; el envidioso y el avaro, están mirando en el lugar equivocado, uno está mirando lo que tiene el vecino, el otro está mirando lo que no tiene – en vez de eso, miremos lo que ya hemos recibido de Dios, su provisión suficiente; su gracia abundante, su amor constante, su auxilio seguro, su misericordia pródiga, su perdón a precio de la sangre de su hijo – eso hará la diferencia entre el incrédulo que dice “merezco más” lleno de amargura y el hijo de Dios que confiesa “soy muy afortunado en Cristo” con devoción y gratitud a Dios.
Luego observé que a la mayoría de la gente le interesa alcanzar el éxito porque ENVIDIA a sus vecinos; pero eso tampoco tiene sentido, es como perseguir el viento. «Los necios se cruzan de brazos, y acaban en la ruina». Sin embargo, «es mejor tener un puñado con TRANQUILIDAD que tener dos puñados con mucho esfuerzo y perseguir el viento». [Eclesiastés 4:4-6]