Desesperado en la feria de las vanidades, el hombre necio recorre todas las atracciones disponibles tratando de obtener las más intensas experiencias de consumo y hedonismo; compra más, gasta más, estrena más, presume más, disfruta más - una dosis más, una botella más, una fiesta más, un vestido más, un auto más, una pareja más, un logro más - pronto, aprovecha, porque la fiesta va a terminar.
Tal es la condición miserable del hombre que tiende a la insensatez no tanto por torpeza o por ignorancia, sino con toda alevosía y jactancia; carente de sabiduría, destilando necedad y entenebrecimiento en todo obrar y pensamiento.
No sabe lo que le conviene; escoge el mal en lugar del bien, aplaude la mentira y desprecia la verdad, valora la apariencia sin importar la esencia, suspira por lo temporal y se olvida de la eternidad - trabaja tanto para desperdiciarlo todo; consume mucho, pero no perdura nada; intenta ser feliz, pero separado de Dios, quiere disfrutar la fiesta de la vanidad sin freno ni responsabilidad.
Pero esta fiesta de excesos es una insensatez; este carnaval de vanidades es una ilusión, el intento siempre fallido de encontrar la felicidad separados de Dios.
No es en la feria de las vanidades que encontraremos plenitud de vida y gozo, sino en e reino de los cielos - no es en el banquete de las temporalidades donde hallaremos saciedad, sino en la mesa de Cristo; en quien pan de vida y agua limpia no han sido provistos.
¿Por qué gastar su dinero en alimentos que no les dan fuerza? ¿Por qué pagar por comida que no les hace ningún bien? Escúchenme, y comerán lo que es bueno; disfrutarán de la mejor comida.
Isaías 55.2 NTV