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Podríamos estar repitiendo un credo con doctrina fiel y a pesar de eso negarlo en nuestra vida diaria. 

La incredulidad no ocurre precisamente cuando negamos un credo o quemamos una confesión de fe - sino cuando en la vida cotidiana no hacemos una conexión entre lo que confesamos acerca de Dios y la forma en que  encaramos la vida y sus múltiples  situaciones. Es en la tribulación, en la angustia, en el trabajo diario, en el trato con la gente, en la frustración o conquista de nuestros planes y en el transcurso de lo cotidiano, donde se pone a prueba ¿Qué creemos realmente? ¿Quién es Cristo entre semana? ¿Cuán importante es el evangelio en la cocina, en el parque, en la carretera, en el supermercado, en el hospital? 

Cuidémonos de la incredulidad - no solo aquella que rechaza la sana doctrina, sino principalmente la que desconecta la doctrina de la vida diaria.

He aquí algunos rostros que a veces toma la incredulidad:

Legalismo - no creer que Cristo es el sacerdote perfecto

Desobediencia - no creer que Cristo es Rey supremo

Negligencia - no creer en Cristo como profeta de verdad

Ansiedad - No creer que Cristo es el Buen Pastor

Ingratitud - No creer que Cristo es benefactor

Queja -  No creer que Cristo es misericordioso

Orgullo - No creer que Cristo es digno de gloria

Mirad, hermanos, que no haya en ninguno de vosotros corazón malo de incredulidad para apartarse del Dios vivo; antes exhortaos los unos a los otros cada día, entre tanto que se dice: Hoy; para que ninguno de vosotros se endurezca por el engaño del pecado.

(Heb 3.12-13)