La cena más cara jamás servida no tuvo lugar en un palacio, ni estuvo adornada con cubiertos de oro ni manjares exóticos. Fue servida en un aposento alto, con pan sin levadura y vino sencillo. Pero su costo… su costo fue infinito. Fue la cena que el Hijo de Dios compartió con sus discípulos antes de ir a la cruz. Y cada vez que la celebramos como iglesia, volvemos al centro de nuestra fe: Cristo crucificado, resucitado y glorificado.
“Así, todas las veces que comiereis este pan, y bebiereis esta copa, la muerte del Señor anunciáis hasta que él venga” — 1 Corintios 11:26
Cada vez que participamos de la Cena del Señor, somos testigos vivientes de un sacrificio que no se puede medir en dinero, ni en méritos humanos, ni en honor terrenal. El costo fue la sangre del Hijo eterno de Dios.
Jesús no solo ofreció pan y vino: ofreció su cuerpo quebrantado y su sangre derramada. Lo que parece un acto simbólico, en realidad anuncia una verdad escandalosa y gloriosa: ¡Dios murió por nosotros! La cena del Señor es un recordatorio no de una victoria barata, sino de un rescate costoso.
Participar de la Cena es proclamar la cruz con nuestros labios cerrados y nuestros corazones abiertos. Cada migaja de pan y cada gota de la copa apuntan al Gólgota, al Cordero inmolado, al precio que pagó por nuestra redención. Y eso nutre nuestra fe: no fuimos comprados con oro, sino con la sangre preciosa de Cristo (1 P 1:18-19).
La Cena más cara del universo fue pagada por el Salvador más glorioso. En ella encontramos sustento para seguir creyendo, consuelo para seguir esperando y comunión para seguir amando. No hay alimento más necesario, ni cena más dulce, ni esperanza más segura.
Cada vez que participamos, no solo recordamos, sino que nos fortalecemos en la fe y avanzamos hacia la gloria. Porque el que murió por nosotros vive, y volverá a sentarse con nosotros, esta vez como Rey de reyes y Señor de Señores en su banquete eterno.