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Amparados en Su Providencia.

La oración y la confianza en la providencia divina están íntimamente vinculadas, pues orar es reconocer que nuestras vidas están en manos de un Dios soberano y sabio, cuyas decisiones son siempre para nuestro bien y su gloria (Romanos 8:28). En la oración rendimos nuestras preocupaciones, confiando en que su voluntad perfecta es mejor que nuestros deseos limitados. Al presentar nuestras peticiones con humildad y gratitud, descansamos en el hecho de que Él gobierna todas las cosas con amor y cuidado providencial (Filipenses 4:6-7).

ORAR ES RECONOCER QUE NO TENGO EL CONTROL

La verdadera oración comienza con la humildad de reconocer que no tenemos el control sobre nuestras vidas ni sobre el curso de los eventos que nos rodean. Este reconocimiento, lejos de ser una derrota, es el fundamento de una relación auténtica con Dios. "Muchos son los planes en el corazón del hombre, pero el propósito del Señor es el que prevalecerá" (Proverbios 19:21).

Cuando venimos en oración, abandonamos la ilusión de autosuficiencia. Esto es un acto profundamente contracultural en una sociedad que exalta la independencia y la autonomía personal. La confesión de nuestra impotencia es, en realidad, un grito de fe que reconoce que Dios es el Soberano Señor de toda la creación.

ORAR ES CONFIAR EN LOS PLANES DE DIOS

Nuestra oración, cuando está bien orientada, no busca cambiar la voluntad de Dios, sino que nos alinea con sus propósitos eternos. "Sabemos que a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien, esto es, a los que conforme a su propósito son llamados" (Romanos 8:28).

La providencia de Dios no es caprichosa ni indiferente. Él tiene un plan perfecto, aunque a menudo esté oculto para nosotros. En la oración aprendemos a confiar en sus designios, incluso cuando estos nos parecen incomprensibles o dolorosos.

ORAR ES ESTAR DISPUESTO A ACATAR LA AUTORIDAD DE DIOS

La oración genuina siempre incluye la disposición de someter nuestra voluntad a la de Dios. Nuestro Señor Jesucristo nos dio el ejemplo supremo en Getsemaní: "Padre mío, si es posible, pase de mí esta copa; pero no sea como yo quiero, sino como tú" (Mateo 26:39).

Este acto de rendición es el punto culminante de la oración. No venimos a Dios para imponerle nuestras agendas, sino para aprender a decir con sinceridad: "Hágase tu voluntad." Al hacerlo, reconocemos que su autoridad es absoluta y que su sabiduría es infinita.

ORAR ES DESCANSAR EN EL CUIDADO DE DIOS

Finalmente, la oración nos conduce al descanso. Después de presentar nuestras necesidades y rendir nuestra voluntad, el alma encuentra paz en la certeza de que Dios cuida de nosotros. "Echad toda vuestra ansiedad sobre él, porque él tiene cuidado de vosotros" (1 Pedro 5:7).

Descansar en el cuidado de Dios es el resultado de entender su providencia: nada escapa de sus manos amorosas. Cuando oramos con esta confianza, podemos enfrentar la vida con serenidad y gratitud, sabiendo que el Dios que gobierna el universo es también nuestro Padre celestial, que siempre busca nuestro bien.