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Sin doctrina bíblica no puede haber fe genuina en Jesucristo; y sin una fe arraigada en Cristo no podríamos tener verdadera comunión como iglesia - si no estamos unidos en el credo que confesamos como iglesia, somos un gremio, una cooperativa, un club social, una comparsa, un colectivo o un patronato, pero no una IGLESIA. Porque la iglesia que somos y la fe que abrazamos son asuntos inseparables.

(1 Juan 1:3-5)

LA FE NOS UNE COMO IGLESIA

La Iglesia es unida por una fe común que nos conecta con Dios El Padre y su Hijo, Jesucristo. No se trata de una mera comunión social o cultural; es una comunión espiritual fundada en la fe en Cristo y su obra redentora. Esta fe compartida trasciende las diferencias humanas y crea una unidad profunda entre los creyentes, ya que todos participamos de la misma gracia salvadora. La Iglesia, como cuerpo de Cristo, es la asamblea visible de aquellos que han sido llamados a esta fe, y por medio de ella disfrutamos de una comunión no solo con Dios, sino también con los hermanos en Cristo.

LA FE NOS LIGA A DIOS Y A CRISTO

La fe verdadera no es un simple asentimiento intelectual a doctrinas, sino que produce una vida de comunión activa con Dios. Esta comunión es el centro de una religión viva, la cual no es una serie de rituales vacíos, sino una relación vibrante con el Dios vivo. En la vida del creyente, la fe conduce a una relación de intimidad con el Padre y el Hijo, una experiencia que transforma todas las áreas de la vida.

El apóstol Juan nos recuerda que la base de esta comunión es la verdad del evangelio: "lo que hemos visto y oído"—el testimonio apostólico de la vida, muerte y resurrección de Cristo. Esta es la fe que confesamos juntos como Iglesia y la que nos une en una comunidad de adoración y servicio.

LA FE NOS DISTINGUE DEL MUNDO

Hay que tener bien claro, que la fe cristiana se caracteriza por su naturaleza antitética en relación con el mundo. El apóstol Juan declara que Dios es luz y que no hay tinieblas en Él. Esta verdad define la separación clara entre la vida en Cristo y la vida en el mundo. El mundo está inmerso en tinieblas—en pecado, engaño y rebelión contra Dios—mientras que aquellos que han sido llamados a la fe en Cristo son trasladados a la luz.

Esta antítesis se manifiesta en la conducta y valores del creyente, que deben reflejar la pureza, santidad y justicia de Dios. Vivir en la fe implica rechazar las obras de las tinieblas y caminar en la luz de la verdad y la santidad. La Iglesia, como comunidad de fe, está llamada a ser una luz en medio de un mundo oscuro, mostrando con su vida y testimonio la diferencia radical que Cristo ha hecho en nosotros.

ESTO CREEMOS, ESTO PROCLAMAMOS

La fe que nos une como Iglesia no está destinada a ser guardada en secreto, sino que debe ser proclamada al mundo. La Iglesia ha sido comisionada a llevar el evangelio a todas las naciones (Mateo 28:19-20). El mismo mensaje que nos trajo comunión con Dios y con otros creyentes es el mensaje que debemos anunciar con fidelidad. Como Juan y los apóstoles, hemos sido llamados a testificar lo que hemos visto y oído acerca de Cristo.

La fe que confiesa la Iglesia es una fe misionera, comprometida con la proclamación del evangelio en todo lugar y circunstancia. Esta es la fe que nos une y que debe ser extendida, para que otros también entren en la comunión de los santos. Es un llamado a ser testigos de la verdad que transforma vidas, proclamando que Jesús es el camino, la verdad y la vida.