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La ley de Dios es perfecta, pura, incorruptible y santa - el problema está en nosotros, que corrompidos por el pecado no somos sino transgresores de la ley y rebeldes a los mandamientos del Señor. 

Pero la misma ley que nos condena y nos exhibe como culpables de juicio; humillándonos como incompetentes que somos al no poder alcanzar la perfección que demanda la santidad de Dios, nos lleva a postrarnos ante el trono del Señor sin ninguna otra aspiración que la de hallar gracia y misericordia en los méritos de Jesucristo, quien se ofrece como sustituto para librarnos de la condenación de la ley y así proveernos la justicia de la cual carecemos. A partir de ahí, la ley que nos condenaba, será ahora la ley que nos guíe e instruya en la santidad para vivir sobria, justa y piadosamente.