He predicado en muchas celebraciones de quince años, y he exhortado a muchas jóvenes a temer y honrar al Señor en sus vidas; pero esta vez, además de ser el predicador, me tocó ser el padre de la quinceañera. Y mientras la miro, recuerdo lo que dice el sabio en Eclesiastés: “vanidad de vanidades… todo es vanidad” (Ec. 1:2). El tiempo es fugaz; ayer era una niña que cabía en mis brazos, hoy es una joven que va aprendiendo a caminar con sus propias convicciones delante de Dios. Aprovecha la vida —dice el Predicador—, pero no como quien corre tras el viento, sino como quien sabe que cada día es un don del Altísimo (Ec. 12:1). Y recuerda que morirás (Ec. 12:7); no para vivir con temor y fatalismo, sino con santa sabiduría, porque “el principio de la sabiduría es el temor de Jehová” (Pr. 9:10). Por eso, escuchemos también el clamor del profeta en Isaías: “Buscad a Jehová mientras puede ser hallado” (Is. 55:6). El mundo te dirá que tienes todo el tiempo por delante; la Escritura nos dice que el tiempo está en Sus manos - más que vestidos y flores, te regalo esta súplica: que tu corazón pertenezca a Cristo. Porque la juventud pasa, la hermosura se marchita, pero "los que confían en el Señor permanecen para siempre" - Y los papás no podemos desear mayor bendición, que ver la salvación de nuestros hijos y la bendición de Dios sobre su vida; una vida bien invertida y escondida en Aquel que venció a la muerte y reina por los siglos.