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“El hacer maldad es como una diversión al insensato” (Proverbios 10:23). PERO: “La risa del necio es como el crepitar de los espinos debajo de la olla” (Eclesiastés 7:6). Así vive el impío; mucho ruido, mucha fiesta, pero pronto acabará en ceniza.

La Escritura nos obliga a mirar con sobriedad aquello que el mundo celebra con carcajadas. Hay una risa que alegra el corazón limpio, como la de los redimidos que conocen la gracia de Dios. Pero hay otra risa —estridente, vulgar y oscura— que nace del corazón impío. Es la risa del pecador que no teme a Dios.

La impiedad es el deleite en el mal. Es cuando el pecado deja de ser una vergüenza y se convierte en entretenimiento y estilo de vida - La risa de los impíos se alimenta de perversión y necedad - es la carcajada de quienes obran injustamente, es la diversión de quienes se creen impunes; es recreación en la tranza y el agravio, es el deleite en lo profano y lo vil - es una risa altiva y cínica; haciendo alarde de indecencia, lujuria, anarquía y libertinaje - es alegría en la maldad, la violencia y el engaño - es gozo en el vicio y complacencia en la malicia... una risa macabra, diabólica y demente.

El profeta habló de esta condición con terrible claridad: “¡Ay de los que llaman a lo malo bueno, y a lo bueno malo!” (Isaías 5:20). Donde el pecado se convierte en chiste, la conciencia ya ha sido cauterizada.

Sin embargo, la Escritura no se impresiona por el estruendo de esa risa. El sabio dice que es como el crepitar de espinos bajo la olla (Eclesiastés 7:6). Los espinos arden rápido. Hacen ruido, saltan chispas, iluminan por un momento… pero no producen calor duradero. En pocos instantes se consumen. Así es la alegría del impío. Su risa es fuerte, pero corta. Brilla un instante, pero pronto se extingue - el pecador ríe hoy porque no ha visto aún las consecuencias de su extravío.

Por eso la Escritura no nos invita a domesticar el pecado, sino a matarlo. “Porque si vivís conforme a la carne, moriréis; mas si por el Espíritu hacéis morir las obras de la carne, viviréis” (Romanos 8:13). La impiedad debe morir en nosotros. No se negocia con ella. No se le concede un rincón respetable en el corazón. Debe ser crucificada. Esto implica examinar nuestras alegrías. ¿De qué nos reímos? ¿Qué cosas nos entretienen? ¿Qué pecados celebran nuestras conversaciones? ¿Qué vicios hemos normalizado? ¿Qué pecados hemos tolerado y albergado? Un corazón regenerado aprende a odiar aquello que antes celebraba. Lo que antes provocaba carcajadas ahora produce vergüenza y arrepentimiento.

El evangelio no vino a quitarnos la alegría; vino a purificarla. Hay una risa que no nace del pecado, sino de la gracia. Es la alegría sobria del pecador perdonado, del corazón reconciliado con Dios, del alma que ha encontrado su tesoro en Cristo.

El mundo cree que la santidad es tristeza. Pero en realidad ocurre lo contrario: la risa del impío es ruidosa y breve, mientras que el gozo del justo es profundo y eterno.

Porque el gozo que viene de Dios no depende de la maldad ni del exceso. Nace de la comunión con el Señor. Así pues, abandonemos la risa del pecado y busquemos la alegría de la santidad. Hagamos morir la impiedad y vivamos en devoción. Porque llegará el día en que toda risa será juzgada. Y bienaventurados serán aquellos cuya alegría estuvo en Dios. “Bienaventurado el hombre que no anduvo en consejo de malos… sino que en la ley del Señor está su delicia” (Salmo 1:1–2).