Emitir una amonestación, ofrecer una consejería, hacer una exhortación o rendir cuentas requiere confrontar la verdad con amor. Es esencial que nuestros juicios se basen en la justicia, la empatía, la verdad y la bondad.
Si vamos a juzgar, a valorar lo bueno o lo malo, lo apropiado o lo indigno, lo correcto o lo reprobable en los demás, primero debemos evaluarnos a nosotros mismos. El principio es claro: "saca tu viga antes de sacar la paja del vecino".
Un juicio justo exige armarnos de modestia, para frenar el ego y la altivez. Requiere cordura, para evitar ser jueces arrogantes y, en su lugar, ser humildes y sobrios. La justicia es imprescindible para tratar a las personas con la medida correcta de censura y honra. Y, dado que nosotros también seremos evaluados y corregidos, necesitaremos mansedumbre para aceptar la corrección y seguir aprendiendo a vivir en sabiduría y santidad.
¿Vas a dar un consejo o hacer una exhortación? ¿Vas a evaluar la conducta de los demás? La tuya va primero. Antes de barrer las hojas ajenas, hay que talar las ramas propias.
¿Y por qué miras la paja que está en el ojo de tu hermano, y no echas de ver la viga que está en tu propio ojo? ¿O cómo dirás a tu hermano: Déjame sacar la paja de tu ojo, y he aquí la viga en el ojo tuyo? ¡Hipócrita! saca primero la viga de tu propio ojo, y entonces verás bien para sacar la paja del ojo de tu hermano. (Mat 7.3-5)