Cuando Dios obra el nuevo nacimiento, emergen nuevos apetitos en los redimidos recién nacidos; hay un intenso deseo de la “leche espiritual” pura y nutritiva; hay hambre y sed de justicia, los creyentes son como venados que sedientos buscan agua para saciar su sed, son criaturas que desde madrugada buscan alivio para su hambre. El problema es que en esta tierra seca y árida no encontrarán saciedad, que aunque hay oferta de comida en muchas partes, termina siendo un fraude de alimento, un pan que no satisface – La buena noticia es que tales apetitos son saciados en el reino de los cielos; que los que tienen hambre y sed de justicia encontrarán saciedad constante y plena en Jesucristo.
Todos anhelamos un escenario de justicia; sin tranza, sin fraude, sin impunidad ni corrupción…
Lamentablemente, así como clamamos justicia participamos de las diversas formas de la injusticia, el engaño y la maldad, a causa del pecado que mora en nosotros.
Ya lo dicen las escrituras claramente: NO HAY JUSTO NI AÚN UNO…
¿Cómo hemos de entender entonces las órdenes de Dios que nos llaman a practicar una justicia que no poseemos y que no podemos ejercer?
Ahí es donde la MISERICORDIA de Dios se ve manifestada; en otorgarnos la justicia de su Hijo Jesucristo y en obrar en nosotros por su Espíritu Santo el poder para vivir en justicia.
Es por obra de Dios que criaturas corruptas y torcidas pueden ser justificadas (en los méritos de Cristo) y caminar en justicia (por el poder de su Espíritu).
Y así es como gente a quien le repugnaba la santidad, gente que no tenía apetito alguno por la palabra de Dios y que se saciaba en la comida que perece y la bebida que embrutece, por el poder de Dios y el milagro del nuevo nacimiento, ahora son hijos hambrientos y sedientos de justicia – y son afortunados porque en la mesa de papá Dios serán saciados eternamente.
Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados. (Mat 5:6)