Hablemos del cuidado de la MONOGAMIA, hay cinco áreas en las que debemos comprometernos y perseverar en la gracia y poder de Cristo para cuidar y edificar a nuestro cónyuge:
#1: Ejerce un [G]enuino cristianismo
Es a esa persona con la que amaneces cada día a la que te toca ministrar, sin filtros, sin maquillaje, tal cual eres – tu cristianismo, por lo tanto debe ser genuino, sincero y evidente no sólo porque esto es los que Dios demanda de ti, sino porque la evidencia del evangelio en tu vida será de edificación a tu cónyuge o de lo contrario un estorbo e incongruencia.
#2: No dejes de [A]preciar, Alabar y Agradece
No des rienda suelta a tu amargura renegando de lo que crees que mereces, demandando lo que piensas que debe hacer tu cónyuge por ti - ciertamente puede tener muchos defectos y carencias, pero ¿Qué de lo que sí recibes? ¿Has considerado lo que tu pareja aporta, cuánto se esfuerza o deja de hacer por ti? Sé lento para demandar y pronto para apreciar lo que esa persona hace por ti – alaba su trabajo, su esfuerzo y dedicación y agradece por su vida.
#3: Esfuérzate por [M]atar el silencio con diálogo
Señora, su marido no lee la mente; Señor, su esposa anhela más que respuestas monosilábicas. No vivan en silencio, no supongan, no callen – dialoguen, rompan el silencio dialogando; con cortesía, con paciencia, sin gritos, sin ironías, sin indirectas, con sinceridad, con amabilidad – para edificación mutua.
#4: Emplea [I]diomas diversos
Además de las palabras, hay otras maneras de comunicarle a tu cónyuge que le importa su relación y seguramente ya has descubierto en qué otros “idiomas” le agrada que le digas que cuánto le amas - ¿Se lo dices con ayuda, con trabajo o realizando labores domésticas? ¿Se lo expresas con caricias, contacto e intimidad? ¿Se lo comunicas con obsequios, detalles, regalos o ternura? ¿Acaso se lo dices con atención, tiempo y empatía? No dejes de aprender otros “idiomas” con los cuales comunicarle a tu cónyuge tu aprecio y amor.
#5: Decide [A]mar al cónyuge real.
El matrimonio es el llamado a amar a la persona real con la que te casas - no un amor “platónico”, no una fantasía; no al hombre perfecto o a la mujer maravilla idealizados por las distorsiones culturales, cinematográficas, telenoveleras y sentimentaloides – sino al cónyuge real, al que no tiene siempre la razón (aunque insiste en que sí), al que se le olvidan las cosas, al que se distrae, al que tiene muchos defectos por corregir - el que depende de la gracia de Cristo, a ese es al que dijiste “sí, acepto” – esa es la relación en la que has de perseverar.
Vestíos, pues, como escogidos de Dios, santos y amados, de entrañable misericordia, de benignidad, de humildad, de mansedumbre, de paciencia; soportándoos unos a otros, y perdonándoos unos a otros si alguno tuviere queja contra otro. De la manera que Cristo os perdonó, así también hacedlo vosotros. Y sobre todas estas cosas vestíos de amor, que es el vínculo perfecto.
(Col 3.12-14)